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EDITORIAL
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El fin de una mediación
01/07/2008
No es alentadora la suspensión de la mediación intentada por el Centro Carter para acercar a los gobiernos de Colombia y Ecuador.
Al tenor de lo declarado por algunos de sus integrantes, el Centro Carter, organización privada internacional que interpone sus buenos oficios para amainar conflictos interestatales, tomó la decisión ante la postura radical asumida por el presidente del Ecuador, quien no demostró ningún interés en la reanudación de las relaciones.
A no dudarlo, es un salto al vacío hacía atrás dado en el proceso de acercamiento entre los dos países. Desde su fractura pocos días después de abatido el jefe guerrillero alias Raúl Reyes, guarecido en territorio ecuatoriano, habían empezado a recomponerse gracias a la mediación del Centro Carter, acordándose iniciarla con Encargados de Negocios.
Pero en la boca del horno se quemó el pan… la reacción y protesta del Gobierno colombiano ante unas declaraciones ofensivas del presidente ecuatoriano dadas a un diario argentino fue la gota que alborotó la pechichonería y mala crianza de éste; arrogante y altanero, canceló todo acercamiento “…mientras Uribe Vélez sea presidente de Colombia…”.
Es cosa de lamentar, ciertamente. A estas alturas del paseo, las cartas echadas sobre la mesa, son niñadas proseguir con la actitud camorrista tan criticada adentro y afuera de los países involucrados.
Si algo desnuda la comedia de varios actos protagonizada por los presidentes de ambas naciones es la repudiable inmadurez; pareciera que manejaran sus haciendas particulares y no repúblicas respetables insertadas en un mundo globalizado.
Sobre el tema se ha llovido sobre mojado. Mucha tinta se ha vertido en el papel. Muchas voces y llamados a la reflexión y madurez se han escuchado en la órbita interna y en los colegiados internacionales. Muchas comisiones y delegaciones internacionales han interpuesto sus buenos servicios.
Y sobre todo, los pueblos hermanos de ambos países se han expresado con que fraternidad para reclamar sindéresis de sus gobernantes. Y para decir, palabras más palabras menos, que ellos, la comunidad ecuatoriana y colombiana con tanto pasado común que honrar y tanto futuro conjunto por construir no tiene porque pagar los platos rotos de la sin razón de sus gobernantes.
Razón hubo de asistirle al Centro Carter, cuyos mediadores de buena voluntad en este caso eran personalidades de ambos países, para dar un paso al costado y esperar mejores condiciones, tal fue la radicalización displicente del presidente Correa.
Nadie está obligado a perseverar en una mediación cuando todas o algunas de las partes se muestran tajantes en su rechazo. Como en las relaciones de parejas conyugales desavenidas, es imprescindible el concurso positivo de ambos, la disposición de ambos para conversar y amistarse; si no, de seguro se consolidará una amarga frustración.
Ha de dársele tiempo al tiempo, con su virtud de sanar las heridas y aclarar las perturbaciones. Más temprano que tarde Ecuador y Colombia caerán por su propio peso, arrastrados por la espontaneidad de sus pueblos y por la fuerza obligante de sus necesidades de mercado, lo más difícil de aconductar.
No está de escape una enemistad enconada en lo alto en contraste con unas relaciones fluidas y fraternales a nivel de pueblo. Solución, aquellos hacerse los locos.
EDITORIAL