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Óscar Andrés Ariza Daza
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De Kalimán a Cien Años de Soledad
30/06/2008
Siendo niño, la profesora de español me decomisó en clases una historieta de Kalimán; no olvido que me dio el apelativo de mediocre, al creer que esa clase de lecturas hacían daño al proceso de aprendizaje. Lo cierto es que los recuerdos agradables de la clase de español son precisamente aquellos en los que nunca aprendí sintaxis alguna, ni verbos, ni gramática, pero en cambio disfruté de todas las tiras cómicas habidas y por haber que con mis compañeros intercambiaba en la clandestinidad, temerosos de la dictadora, quien despreciaba nuestro interés por la lectura al pretender darle un carácter excesivamente rígido y ceremonial, olvidando el papel del goce en la absorción del mundo a través del texto.
Siempre habrá personas apáticas a la lectura, por aquello de las imposiciones, pues el hábito de leer debe estar cimentado en el disfrute de hacer lo que nos gusta. Sin embargo, la academia obliga en algunos aspectos a seguir un orden en las lecturas incluidas en planes curriculares, que muchas veces y aunque en contrasentido con la fruición, dejan dividendos claros en el mejoramiento de los niveles de lecturabilidad; no obstante, detrás de los cánones literarios, ha existido el fascinante mundo de las historietas o comics como textos predecesores a nuestra manera de generar opiniones y que otros llaman subliteratura; quizás la base primaria para luego incursionar en Hamlet, Las Mil y una Noches o Cien Años de Soledad, entre otros clásicos de la literatura.
Debo hacer un justo reconocimiento al papel que jugaron los comics en mi formación como lector. Muchas de las clásicas historietas de los años 60 y 70 se mantuvieron como elementos facilitadores en la exploración de la creatividad hasta años posteriores, en los que sin darme cuenta terminé frente a los “paquitos”, llamados así en nuestro argot Caribe y que esperábamos con ilusión todas las semanas en que cada número traía un relato para afianzar la admiración por el héroe que luchaba contra el mal.
Así, la infancia pasó entre Kalimán; héroe excepcional de turbante blanco con poderes mentales, experto en filosofía, artes marciales, hipnosis, telequinesis y levitación entre otras; Arandú, el rey de la selva, la historia de un príncipe suramericano que defendió su reino de su malévolo tío; Águila Solitaria, un heroico indio piel roja, único sobreviviente de su tribu masacrada por blancos; Tamakun, el vengador errante, y el cómico Memín Pinguín. Son estos relatos los únicos responsables de nuestra temprana pasión narrativa.
Muchas de estas historietas se han ido para cederles el paso a nuevos comics como Calvin y Hobbes, chicos de blanco, los chicos del barrio. Algunas continúan vigentes a pesar de los años, tal es el caso de Mafalda; Olafo el amargado y Condorito.
Otras después de mucho tiempo pasaron al cine reencauchadas con gran éxito como Hulk, el hombre increíble; los cuatro fantásticos; los hombres X y Meteoro, como el más bello homenaje a la infancia redimida que insiste a pesar de los años. Son asombrosas historias que habitan en la memoria de quienes hicimos parte de esa querencia colectiva de leer desde el placer.
Ellas seguirán seduciendo a lectores desprevenidos que encuentran allí la mejor manera de gozar a partir de la lectura, demostrando que todos los tiempos son iguales, lo único que cambia es el lente o foco con el que miramos al mundo.
arizadaza@yahoo.com
Óscar Andrés Ariza Daza