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Luis Rafael Nieto Pardo
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Cuando toca pedir clemencia
28/06/2008
No han sido pocas las veces en que nos ha tocado defender a usuarios de la Defensoría Pública que, además de vivir un horrible drama humano de necesidades y penurias, se involucran en actos delictivos en donde existe tanta evidencia comprometedora que a pesar del mayor esfuerzo intelectual y argumental no encontramos la salida al conflicto.
Hace mucho tiempo defendí a Miguel (?) de una acusación de asesinato. No había conflicto acerca de los hechos: Miguel había admitido haber matado a un hombre. Había irrumpido dentro de una tienda para robar alimento y confrontado por el propietario tuvo lugar una lucha. El propietario tenía muy enfermo el corazón y cuando Miguel lo golpeó cayó muerto.
Dentro de tanta depresión, Miguel, sin empleo, pasaba la pena negra para mantener cuerpo y alma unidos. Me tocó convencer al Juez acerca de que Miguel era acreedor a alguna clemencia y Miguel fue sentenciado a una razonable condena.
Ocho años después, en una noche tempestuosa y oscura, sonó el timbre de mi residencia. Al abrir, un hombre tiritante y pobremente vestido penetró a mi casa. Era Miguel. Había sido puesto en libertad por la Cárcel Judicial hacía sólo cuatro semanas. Sus mejillas estaban hundidas, sus hombros caídos, sus ojos opacos y sin vida.
Al preguntarle por el motivo de su visita, dijo, doctor porque tengo la suerte en contra, tal y como la tenía aquella noche cuando asalté la tienda en busca de alimento. Si usted no me ayuda temo que tendré que repetir lo mismo que hice entonces. Lo llevé hasta el comedor. Allí le di de comer y luego escuche su historia.
Durante estas cuatro semanas he trotado las calles del Valle buscando trabajo, me dijo con su cara cetrina. Pero siempre piden referencias. Las únicas referencias que yo puedo proporcionar son las del Director de la Judicial diciendo que me rebajaron la pena por buena conducta. He acudido al llamado de varios anuncios y no he conseguido nada. No tengo un centavo en el bolsillo. He caminado muchos kilómetros antes de decidirme a llegar aquí esta noche. Si no me cree eche un ojo a estos… al levantar un pie y luego el otro había un agujero en la suela de cada uno de ellos; las medias se habían gastado y la piel estaba desnuda.
Doctor, si usted no me consigue un trabajo voy a coger un pedazo de tubo y a zumbárselo en la crisma al primero que encuentre y me parezca que trae plata en el bolsillo. No soy un ladrón en el fondo, pero con un demonio, ¿Qué puede hacer una persona que quiere enderezar su vida? ¿Le pregunté si no le habían enseñado ningún oficio en prisión? Si, dos, me dijo sonriendo sardónicamente: A hacer escobas y zapatos; pero acudí a las fabricas que aquí existen y allí ya tienen a la gente que necesitan.
Si le consigo un trabajo tampoco tengo la seguridad de que usted no vuelva a delinquir antes de una semana, le dije. Casi con un gesto tranquilo encogió los hombros y me respondió con calma: es cierto. Pero recuerde Doctor que la única vez que fui contra la Ley era porque estaba hambriento.
Está bien; haré la prueba y mientras, le dije que esperara unos minutos. Le telefoneé a un amigo que tenia una empresa de vigilancia y con base a esa buena amistad le conté la historia. A pesar de su negativa inicial, insistí tanto que logré le diera el trabajo a Miguel. Luego le busqué unas medias y unos zapatos en buen estado que ajustaron bien a sus pies. Al día siguiente Miguel comenzó a trabajar de vigilante.
Luego de tantos años me encontré a Miguel al frente de su propia empresa de vigilancia comunitaria, da trabajo a varios hombres. Ninguno de ellos conoce su historia anterior. Para ellos es sólo un patrón decente, no muy severo, con 2 manías: extravagante en materia de zapatos y muy exigente con la limpieza y aseo personal.
Cuando un Juez piensa realmente que un muchacho capaz de enmendarse puede darle una sentencia suspensiva y dejarlo en libertad preventiva. De nuestra parte y en lo posible, conseguir un trabajo para él, conservarnos en contacto con él, aconsejarlo y a veces todo aquello da buen resultado y el muchacho se endereza. Y eso es muy satisfactorio.
Luis Rafael Nieto Pardo