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Luis Napoleón de Armas P.
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Fanatismo o alienación
19/06/2008
El fenómeno masivo y el comportamiento excéntrico de algunos sectores de la ciudad frente a ciertas expresiones folclóricas, son dignos de algún análisis sociológico.
Lo que vimos el fin de semana pasada con el lanzamiento del nuevo trabajo musical de Silvestre Dangond, podría ser una mezcla de fanatismo y alienación. De antemano, hay que reconocer las calidades artísticas del protagonista, su identificación total con sus fan y la sinergia que transmite a la juventud que quiere nuevas expresiones del vallenato o regé-vallenato; incluso, allí veíamos personas no tan jóvenes de edad mas sí sicológica confundiéndose entre la pubertad. Pero estas manifestaciones de pasión total, con heridos y borrachos, que solo esperan la menor oportunidad para el festejo, tocan con las sangrientas corralejas, otro fenómeno regional, y con las barras salvajes del fútbol en varias partes del mundo. Ese es el punto, casi de no retorno, donde el fanatismo y la alienación se yuxtaponen.
El vallenato, como expresión cultural, le ha dado a la región un renglón comercial de grandes proporciones y ha mostrado el acervo de talentos que tenemos; pero no hay efecto sin causa. Hasta ahora, no nos hemos detenido a analizar los colaterales que tiene este patrimonio natural, el mas importante del país, podrían tener sobre segmentos de la población, especialmente jóvenes proclives ante la nueva moda y las innovaciones. Esto lo ve uno, incluso, en la universidad, donde se supone están los mejores talentos y la gente con mayores inquietudes culturales y con capacidad de elaborar conceptos y asumir criticidad.
Allí rara vez se escucha a los muchachos interesarse por los parámetros que deben limitar a una sociedad, ni por los procesos históricos que ocurren al interior de esta, y casi ni de la ciencia misma. Allí casi no se asumen posiciones frente a los peligros que rodean la institucionalidad. Están al día, eso sí, sobre el último CD de la agrupación de sus preferencias. Aquí lo que se están formando son los cooligans del vallenato dispuestos a batirse por sus ídolos y ese es el ejemplo que estos mismos, a veces dan desde las tarimas con el recurso de las piquerías que utilizan para ofenderse entre colegas. Lo que hemos observado en la historia es que los pueblos idólatras no salen del atraso. De ídolos no hay quien viva y si alguien desea tenerlos y uparlos, lo mejor es comprando sus producciones y asistiendo a sus conciertos. Creo que esos recibimientos, con alcaldes a bordo y con distracción de los cuerpos policiales, son una manifestación tercermundista.
Si bien el folclor es espontáneo, y aquí se da silvestre, lo ideal sería sembrarlo porque un boom de estos puede pasar; ya pasó con el porro, con el pasillo; en la década de los sesenta, Argentina embelezaba con sus baladas; la ranchera y el corrido mejicanos ya fueron sustituidos y en Austria los vals ya no se dan como antes. Hay que ver que el festival de San Remo, ya no suena. Además, hay que guiarlo con objetivos predeterminados, que sea una forma de vida en bien del engrandecimiento de sus propios protagonistas, del hombre y de la sociedad en su conjunto. No se debe permitir que el ímpetu salvaje esté por encima de las verdaderas manifestaciones artísticas. Al vallenato hay que encausarlo y repensarlo desde perspectivas sociológicas y antropológicas evitando el fanatismo y el chovinismo de gran región.
Pero, ¿quiénes son los entes encargados de tamaña empresa? Pienso que la Fundación de la Leyenda, la gobernación del Cesar y el municipio de Valledupar, deben tirar las primeras líneas.
Luis Napoleón de Armas P.