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EDITORIAL
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Parece una crónica anunciada. Cada dos años, desde hace más de un lustro, vive Valledupar y el Cesar el mismo intenso forcejeo a las puertas de un proceso eleccionario.

Esta vez no es la excepción. Una vez más, un significativo número de comerciantes pone el grito en el cielo por las supuestas trabas colocadas a sus aspiraciones de obtener representación en la Junta Directiva de la Cámara de Comercio de Valledupar, infiriéndose no sentirse actualmente representados.

La contienda escala en su hervor, por supuesto, como quiera que los comerciantes amenazan con retirar su afiliación de la institución, poniéndola en calzas prietas, en el evento de no dirimirse por autoridad competente una supuesta inhabilidad para inscribir la plancha originalmente cuestionada.

Hay inconformismo, no cabe duda, inconformismo in crescendo año tras año por la inferencia de exclusión que pesa contra las actuales directivas; a juicio de muchos, el afán de perpetuación de las personas puede ser democrático pero luce egoísta no sólo por escamotearle oportunidades a nuevos liderazgos, mas también por alimentar las suspicacias de no quererse renunciar al régimen de canonjías y prebendas establecidas por años de enraizamiento en la institución.
En el fondo, y guardadas proporciones, el motivo de la discordia local no dista mucho de lo acaecido en el nivel nacional referente a la presidencia de la República. En ambos casos, es el afán de no ‘soltar la teta’, para utilizar expresión coloquial, lo que polariza y escala el conflicto, probablemente agravado por la creencia de estar predestinado a ese poder.

Da grima. Valledupar y el Cesar echa de menos una robusta institucionalidad que se articule con decisión a los sectores públicos y privados de la producción para empujar el desarrollo de la región.

Es necio concebir un desarrollo más o menos integral, más o menos mediano, sin la participación actuante de los gremios, de los empresarios, de la academia…

En el caso concreto, ha de reconocerse, la Cámara de Comercio de Valledupar luce sumamente frágil y no está cumpliendo a cabalidad su función misional, y mucho menos está cerca del sitial de honor y reconocimiento ostentado por muchas de sus homólogas del país, verdaderas jalonadoras de procesos socio-económicos.

El orden lógico, pero vicioso, induce a pensar en un comportamiento y crecimiento proporcional entre el sector productivo y la institucionalidad de la región. Deprimido el sector productivo, lo más seguro es que también lo estén sus sectores gremiales, la academia, y también el sector público.

He ahí la gracia, revertir el círculo, serse capaz de retomar el rumbo para encausar la nave por caminos promisorios. Se trata de echarse encima la carga; por algo se designan líderes al frente de las empresas importantes, para capear crisis y encumbrarlas.

El llamado es para el robustecimiento de la institucionalidad vallenata y cesarense, vital para todo desarrollo. Si algo es fundamental en los actuales momentos, perdido un poco el departamento en la manigua del paramilitarismo, es repensar su futuro, lo cual obliga a consensos no mentirosos para definir los perfiles de quienes deban estar al frente de las empresas importantes. No es hora de jugarlas a la suerte ni de utilizarlas como botín de complacencia.

EDITORIAL

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