|
Jarol Ferreira
|
|
 |
Nueva Ola (Parte 1/3)
29/05/2008
“Y este sentimiento me produce la nostalgia Cuando los recuerdos se aglomeran en mi mente”. Daniel Celedón
En Villanueva, un pueblo del sur de La Guajira que forma parte del valle incrustado entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá, había un silencio que nadie se atrevía a profanar.
Contrario a lo que se esperaría de una población considerada cuna del folclor vallenato, sorprendían las fachadas de sus casas con las puertas y las ventanas cerradas ante el fuego cruzado.
De la calle 15 hasta la Serranía del Perijá éramos considerados simpatizantes de las guerrillas del Eln o de las Farc, y de la calle 16 hasta la Sierra Nevada de Santa Marta, se suponía que éramos de las Auc.
Lo que produjo que las violaciones de los derechos humanos en el municipio se multiplicaran hasta alcanzar su pico máximo entre los años 2000 y 2004, cuando en cualquier calle mataban, ya no de noche, sino a pleno día. Si al que buscaban estaba en su casa, iban por él y lo ajusticiaban.
Recuerdo el caso del señor Piña, al que enviaron a mejor vida en su negocio, a plenas 12 del medio día, delante de todo el comercio. También recuerdo lo ocurrido a seis taxistas de la cooperativa de transporte municipal, a quienes citaron y asesinaron.
Sus cuerpos fueron dispersados, tres a la salida del municipio y tres cerca a una población vecina, para evitar “cometer una masacre”. O cuando un par de milicianos, que llegaron a cobrar una extorsión, fueron sorprendidos por un integrante de las Auc que los mató sentados en un restaurante frente al parque Padilla, a pleno sol. Así era el medio día en Villanueva.
En el barrio El Cafetal se alojaron los primeros milicianos de las Farc y del Eln, tradicionalmente reconocido por la actividad ejercida por la mayoría de sus residentes de pequeñas haciendas cafeteras en la Serranía del Perijá y famoso por haber engendrado entre sus calles a varias de las dinastías vallenatas más sobresalientes de la región.
La ignominia sembrada en El Cafetal por los rebeldes se fue regando hasta el punto en el que en todo el municipio se hacía lo que la guerrilla quería y para sobrevivir se debía obedecer a sus designios, que iban desde formalidades dictaminadas por orden del Secretariado, como reuniones forzosas, amenazas y extorsiones, hasta los caprichos más inverosímiles de sus simpatizantes que, si te encontraban en la calle en cualquier momento podían, después de identificarse como tal, pedirte la cédula, interrogarte y si les daba la gana hacerte subir, quién sabe a qué, a la sierra, exiliarte o matarte.
Porque todas sus células urbanas estaban armadas e infiltradas por la más diversa cantidad de reconocidos y temibles delincuentes municipales, que fueron los primeros que acudieron al llamado de organizarse clandestinamente para enfrentarse contra el gobierno y acabar con los supuestos ricos. (Continuará).
Jarol Ferreira