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Luis Augusto González Pimienta
Luis Augusto González Pimienta
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“Papi, me raspé”
18/05/2008

Cada generación trae consigo cambios significativos. Una era la visión del mundo que tenían nuestros padres y otra muy distinta la que tienen nuestros hijos. Las alegrías y las tristezas subsisten, pero los motivos de unas y otras son diferentes. Sigue siendo grato recibir una felicitación o una voz de aliento en la aflicción, aunque haya variado la herramienta para hacer llegar el mensaje. Antes el telegrama, hoy una llamada por celular; antes una demorada carta, hoy el chateo por computador.

El modernismo impone reglas de conducta impensables en el pasado y condiciona los resultados a la velocidad con que se tomen las decisiones. Ya no se maduran las resoluciones, se expiden, y si no sirven, se cambian. Una determinación errada se subsana cambiándola o morigerándola con otra que puede también ser errada. Poco importa. Interesa es la actividad frenética, el vértigo. A eso le llaman diligencia y productividad. Se mide cantidad y se hace creer que se tiene en cuenta la calidad.

En los tiempos que corren las mujeres trabajan en actividades propias del hombre y éste, para emparejar las cargas, ejecuta las tareas que eran exclusivas de aquéllas. Nada más en el sector financiero el género femenino supera al masculino, lo que obliga a los cónyuges de las banqueras a cambiar pañales y a lavar platos. Cierto y justo.

El aceleramiento actual hace que a los niños se los lleve desde tierna edad a una escuela con el propósito de que aprendan a alternar con sus semejantes. Apenas si pronuncian unas pocas palabras cuando ya están en un jardín.
Anteriormente el ingreso a la escuela coincidía con el advenimiento del uso de razón.

Cierta vez, un señor aplicado a las labores hogareñas, por gusto y necesidad, empezó a llevar a su hijo de apenas dos años y medio al jardín infantil del Colegio La Sagrada Familia, con bien ganada reputación de ser cuidadoso con los chiquillos. Le partió el alma dejar allí a su pequeñín que lo miro con desconsuelo al verlo partir, como sintiéndose abandonado. Nunca se supo quién derramó más lágrimas, si el hijo, en público, o el padre, en privado.

Desde ese día y todos los días, con media hora de anticipación el progenitor se apostaba en la puerta del salón y esperaba la salida de su nene, que al verlo saltaba de la felicidad.

Ocurrió que un día, habiendo dejado a su chico en el colegio, y cuando iba por donde funcionaron la Asamblea Departamental y el Tránsito Municipal (calle 17 con carrera 12), sintió llorar a su hijo. Fue un llanto nítido que escuchó telepáticamente. Sin dudarlo, desvió el camino y retornó al jardín infantil, en donde encontró a su pequeño llorando porque se había caído. Un delgado hilo de sangre corría por una de sus rodillas. Entre lágrimas el pequeñín le decía, “Papi, me raspé”. Se abrazaron, lo acompañó a la enfermería y se lo llevó para la casa a terminar de pasar el susto.

Han pasado quince años desde ese entonces. El niño se hizo hombre. Ya no se raspa las rodillas, y si lo hace, no llora. Sus lágrimas las verterá ahora por otros motivos. Una frustración académica o un desamor. Se muestra ansioso pensando en el futuro que le espera. El ingreso a la universidad, el cambio de ambiente y de amistades le produce desazón. Pero no debe preocuparse en demasía. Es un paso obligado que muchos otros ya dieron. Y a pesar de la velocidad del mundo moderno siempre contará con sus padres para que lo consuelen cuantas veces se raspe.

Luis Augusto González Pimienta

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