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EDITORIAL
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Serias amenazas
08/05/2008
No por haberla ahogado el ruido del Festival Vallenato la noticia deja de ser importante e inquietante.
Pero si fue menospreciada. Hoy, con la amenaza de todo un pueblo, Villa Germania, de emigrar hacía Valledupar por los peligros que entraña su estadía, en buena hora recobra vigencia.
En un marco luctuoso, el vil asesinato del inspector de Villa Germania, Víctor Villazón Maestre, los inspectores de los corregimientos del municipio de Valledupar denunciaron públicamente las amenazas de muerte proferidas en su contra, y acusaban a dirigentes municipales como los victimarios.
Los hechos son graves, y más si se ordenan cronológicamente. Primero asesinan al inspector Villazón Maestre, luego se denuncian las amenazas contra los demás inspectores, y por último, la población de Villa Germania intenta emigrar toda hacía Valledupar, alegando inseguridad.
Cunde el pánico, sin duda y con razón. Solo el asesinato es de suyo motivo para preocuparse, máxime cuando la víctima era persona reconocida y apreciada por sus conciudadanos, al punto que ellos, en protesta y por miedo contemplen la idea de abandonar su hábitat para convertirse en errabundos del mundo, tanto su desespero.
Tan grave como lo ya sucedido es la posibilidad de réplica y recurrencia de los hechos terroristas, lo cual no es traído de los cabellos en tanto así comienza la seguidilla violenta, para la cual la comunidad tiene un don especial para olfatearlo, lo que explicaría la alarma de los inspectores y de la comunidad de Villa Germania.
Los síntomas son graves, y seguramente revelan una orquestación terrorista que no puede echarse en saco roto; sería necio y torpe, y además insensible para una comunidad harto flagelada por toda clase de violencia, por lo mismo acreedora de la atención de las autoridades municipales.
En esa medida y contexto, las palmas se las lleva la actitud comprometida del alcalde de Valledupar, quien resolvió coger el toro por los cuernos al adelantarse y visitar la población de Villa Germania. Hizo presencia de estado, que esos pueblos, por la carencia de afectos, suelen ser víctimas de los depredadores de toda laya.
Por supuesto, esa actitud para ser verdaderamente comprometida debe acompañarse del esclarecimiento pleno de las presuntas amenazas proferidas contra los inspectores de policía.
Se trata del ejercicio de la autoridad para hacerle saber a los amenazados y a la comunidad en general que no están solos y si bien respaldados, y a los delincuentes, sobre todo aquellos que medran en el anonimato, que sus acciones no quedarán en la impunidad.
Es imperativa la investigación respecto a las denuncias de los inspectores, pues se involucran como victimarios a personas investidas de dignidades, acrecentando la gravedad de la amenaza.
Sería el colmo, aunque casos se han visto y más en los últimos tiempos, que concejales y dirigentes políticos de Valledupar adopten procedimientos delincuenciales para hacerse a las valijas del poder. Sería el colmo, se reitera, y de comprobarse, desnudaría una negra catadura no propia del hombre valduparense.
EDITORIAL