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Javier Dario Restrepo
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El niño en La Carretera
04/05/2008
En una metáfora sobre el fracaso de la civilización, un padre y su hijo pequeño son los personajes centrales mientras atraviesan a pie un extenso territorio devastado.
El hombre va empujando un carrito de supermercado en el que han reunido lo que les ha quedado del desastre: algunos alimentos, mantas, una almohada, algunas herramientas, una linterna y una pistola. Se trata de llegar al sur por una carretera que descubre, a lado y lado, un inmenso desierto: la vegetación ha desaparecido y sólo quedan en pie troncos de árboles quemados, no hay aves en el cielo ni animales sobre la tierra, porque el fuego todo lo arrasó; quedan de trecho en trecho construcciones saqueadas y destrozadas, y por todas partes, en la orilla de la carretera, en los camiones y autos incendiados, a la entrada de las casas en ruinas, en las cunetas, entre los escombros, los cadáveres chamuscados, destripados o desmembrados, convertidos en momias, secos y rígidos.
No hay otros seres humanos a la vista, pero los dos, el hombre y el niño se mueven con cautela porque cualquiera presencia humana es, para ellos, un riesgo mortal. Temen a los otros sobrevivientes de la gran catástrofe, que van en bandadas, asaltando y despojando a cuantos encuentran, y si el hambre aprieta, que es siempre, asesinando y comiendo la carne humana aún caliente.
Este es el escenario físico y humano de La Carretera, la obra premiada en 2007 con el Pulitzer de novela, entregado a Cormac Mc Carthy.
Cuando casi todos los novelistas se preocupan por dar a sus personajes un nombre que vaya con su talante y significación, Mc Carthy se apodera de la atención del lector con dos personajes sin nombre. Él es el papá, el hombre, y su hijo es el niño. En aquel mundo desolado en el que toda vida ha desaparecido, sólo quedan ellos, bajo la amenaza de los malos, tan omnipresentes como el hambre que los acecha cada día.
El hombre tiene un solo motivo para vivir: su hijo; se ha jurado conservar su vida a cualquier costo, por eso carga, siempre al alcance de su mano, una pistola. Ese niño, frágil y debilucho, es su apoyo, su fuerza, su razón de vivir. Se ha convertido en su conciencia, en el sostén de su dignidad de hombre. Todo lo presiona para que, como los demás sobrevivientes, abdique de su condición de hombre y asuma la de fiera, pero basta la presencia del niño para que reencuentre su dignidad original.
Pocas veces en la literatura se había creado una metáfora tan eficaz sobre el poder redentor del niño. En aquel desierto físico y humano, el niño no es un milagro como la flor que revienta en una piedra, o como el agua que brota en un desierto; ni es una sorpresa como la luz que aparece al final de un túnel. El niño de la carretera es la esperanza y la vida, en un mundo muerto; a todas horas le recuerda a su padre: "somos los buenos y llevamos el fuego". Es un fuego que asume formas diferentes: es solidaridad con un niño que cruza solitario, como una sombra; es compasión con un hombre condenado a morir; es perdón con el ladrón que intentó robarles todo y a quien su padre ordena desnudarse y huir, a pesar del reclamo del niño: "ese hombre sólo tenía hambre". Y cuando encuentran en un búnker subterráneo una abundancia inesperada de alimentos: ¿le estaremos robando a alguien?, pregunta, cuando su padre le sirve una cena después de tres días de ayuno. En el niño sobrevive todo lo que hace digna la vida humana. El autor y el hombre lo saben, por eso dicen: "(el hombre) sólo sabía que el niño era su garantía, y dijo: si él no es la palabra de Dios, Dios no ha hablado nunca".
jrestrep1@gmail.com
Javier Dario Restrepo