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Rodrigo López Barros
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Bizancio
17/04/2008
Hace algunos años estuve de viaje por Bizancio, la celebre antigua ciudad griega, posteriormente denominada Constantinopla por los romanos, de cuyo Imperio fue la capital oriental, y por eso el nombre se extiende también a aquella porción de su poder absoluto, el Imperio Bizantino, que alcanzó su máximo esplendor en tiempos del emperador Justiniano.
Hoy día la ciudad es conocida como Estambul (Istanbul), que es la forma castellana del nombre turco Constantinopla, a raíz de la glorificación del imperio de este nombre, el año 1453.
Situada a orillas del estrecho del Bósforo, traducción turca de nuestra palabra garganta, y su ensenada forma el espacio abombado de aguas rutilantes por el sol de día y por las luces nocturnas de los grandes faroles que ciñen la cintura de la oquedad marina, denominado Cuerno de Oro, cuya parte cónica se dirige al mar Negro que baña las costas del norte de la Turquía y las de los países que conformaron no hace muchos años la Unión Soviética.
El canal une, o separa, el occidente del continente asiático del oriente europeo, a través del puente Galata, y comunica el mar Negro, el de Marmara y el estrecho de los Dardanelos con las Islas Griegas del mar Egeo. Nos hallamos pues, en los territorios y contornos de la antigua Asia Menor, tributarios esenciales de la civilización Occidental.
Durante aproximadamente mil años, después de los destrozos del Imperio Romano de Occidente a manos de los bárbaros de allende las riberas del Rin, Bizancio pudo ser la culta madre fecunda de la Europa Oriental y Balcánica, pues de tiempo atrás había sido amamantada por las leches abundantes del pensamiento humanístico griego y las cotidianas costumbres del quehacer filosófico en las calles de las ciudades griegas y las de la costa occidental del país del sol naciente, Anatolia.
Las imágenes descritas son los recuerdos que en mi mente quedaron grabadas para siempre.
Después de aquel viaje de sabrosura cultural por Bizancio, y otros lugares históricos del lejano oriente, el cercano occidente asiático y vuelto a Europa, he tenido la oportunidad de sabrosearme también con el estupendo libro de Álvaro Uribe Rueda:
Bizancio el Dique Iluminado, en el que plasma la concepción mística del universalismo, sus raíces judías y helénicas y su herencia cristiana, su verdadera función histórica y cual es nuestra vinculación y nuestra deuda con el Imperio Cristiano de Constantinopla, pues a pesar de la exégesis de la Ilustración y de sus hijos póstumos, como dice el autor: “Sin Bizancio, no hubiera existido Europa, ni cristiandad, ni civilización Occidental, ni descubrimiento del nuevo mundo, ni Hispanoamérica, ni Colombia”.
Después también, ha venido a mis ojos la obra del premio Nóbel de Literatura 2006, el estabúlense Orhan Pamuk, quien ante la nostalgia de la gloria abatida de Estambul dice en algún párrafo:”Frente a la derrota, al desplome, a la opresión, a la amargura y a la pobreza que pudren por dentro la ciudad, el Bósforo está unido en lo más profundo de mi mente a sensaciones de unión a la vida, de entusiasmo por vivir y de felicidad. El espíritu y la fuerza de Estambul le vienen del Bósforo”.
Sabido es, que todo aquel esplendor del Imperio Bizantino terminó hundiéndose por las diferencias y el combate entre latinos, bizantinos y turcos, y no quedó ni para unos ni para otros, ni unidad política, ni unidad religiosa; vinieron nuevos hombres. Aquello ha pasado a la historia para designar las discusiones necias.
En un programa radial de Juan Gossaín escuchado por RCN, de 6 a 10 a.m., el dos de los corrientes, acerca de los conceptos políticos de hombres de izquierda y hombres de derecha, Daniel Samper opinó, resumiendo: Que es de izquierda porque es amigo de los pobres y no frecuenta los clubes sociales de los ricos; porque se interesa para que le vaya bien a los pobres en esta vida terrena y no en la del cielo; porque sabe que el vallenato es para escucharlo y no para bailarlo. El director del periódico el Nuevo Siglo, sintetizando, dijo: que es de derecha porque cree en la autoridad y porque sabe que el vallenato no solamente es para escucharlo sino además es bailable.
Precisamente, pamplinadas como esas son ejemplos de disputas bizantinas.
rodrigolopezbarros@hotmail.com
Rodrigo López Barros