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Silvia Betancourt Alliegro
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Seis décadas de sedición
08/04/2008
El 9 de abril de 1948, con su magnicidio, sirve de marco explosivo y se constituye en campanada revolucionaria en todo el continente, señalando además una profunda incisión en el proceso histórico – político de la sociedad colombiana. Tal vez por ello, los vecinos temen cualquier movimiento social que se genere en nuestro territorio, porque la sangre humana fluye hasta los ríos limítrofes.
A partir de entonces, hace crisis la lucha partidista, cayendo en los profundos extremos del sectarismo; se enfrentan las corrientes con especial acritud en el foro, en las plazas públicas, en todos los estrados del pensamiento y sus efectos empiezan a notarse con el levantamiento de los brazos armados por los partidos tradicionales.
En consecuencia, la violencia política se presenta una vez más, con todas las ferocidades del apasionamiento; se esgrimieron todas las armas (aún hoy, pleno 2008, se usan): se acudió a la calumnia y a la infamia, a la emboscada fríamente planeada, al asesinato indiscriminado de personas opuestas a la propia ideología política, se implantó el terrorismo selectivo, por unos y otros realizado, hasta el 13 de junio de 1953, cuando la ‘sensatez’ volvió a la conciencia de los líderes y los rectores de la política nacional, quienes asombrados frente a la hecatombe que se preludiaba y la responsabilidad histórica que empezaba a hacer presión sobre sus hombros, que habría de señalarlos en el futuro como únicos responsables de la horrible contienda, buscaron la paz, que renació exclusivamente para sus propias agrupaciones políticas.
En los últimos 60 años, Colombia ha sido afectada por varios tipos de violencia, veamos:
- Violencia política, producto del enfrentamiento sectario entre los partidos tradicionales, que desbordó los límites de la oratoria para llegar a las realidades de un conflicto armado de grandes proporciones.
- Violencia ideológica, auspiciada por el enfrentamiento entre las grandes personalidades, cuyas consecuencias se concretan en la acción guerrillera en nuestros campos y ciudades.
- Violencia económica, generada en la explotación clandestina de recursos naturales, en el tráfico de drogas y estupefacientes y en el contrabando de lo que sea, que quebrantó los más íntimos pilares de la moralidad pública y privada.
- Violencia financiera, que al amparo de incentivos tributarios, ejerce la acción certera de la destrucción de la economía individual de grandes sectores de la población sorprendida por la violación de sus derechos y la práctica del agiotismo amparado por el Estado de unos traficantes de la miseria.
- Violencia común, sofisticada y tecnificada, generada en los contrastes del progreso frente al atraso; la riqueza frente a la pobreza; el privilegio frente al desamparo; la injusticia social y la ignorancia de grandes sectores de la sociedad.
Es el capital quien manda la parada, y no hay ejército activo en el planeta que no dependa de él; como tampoco hay religiones, colegios, universidades, hospitales, cementerios, cárceles, fundaciones, etcétera, que puedan funcionar sin él y sin la publicidad, árbitro vendido e irresponsable de la actual condición humana.
La violencia es un gran negocio, pero la ideología es mucho más profunda, roza los términos de la especulación científica y emerge de los principios filosóficos que expresan la razón del ser, su función y desempeño en el medio social de que forma parte por el corto periodo en que transita en materia.
yastao2@hotmail.com
Silvia Betancourt Alliegro