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Leovedis Elías Martínez Durán
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CIEN DÍAS
05/04/2008
Por estos días se cumple el plazo de cien días que según se le ocurrió a algún novelero, marca la calidad de un gobierno. Lo grave de eso no es que se hable tanto de los tales cien días, se creen expectativas injustificadas sobre los gobiernos, sino que los propios mandatarios se preocupen tanto por el cumplimiento de lo que se ha convertido en fatídico plazo.
No se quién se lo inventó. Creo recordar que fue durante el gobierno del presidente López Michelsen, pero es solo una creencia, pues no estoy seguro. De todas maneras, a un presidente se le ocurrió decir en su discurso de posesión que pedía un plazo de cien días para mostrar realizaciones. Se creó el embeleco y ahí se quedó.
En este diario existe una encuesta que dice: ¿Como califica la gestión del gobernador del Cesar, Cristian Moreno al cumplir sus 100 días de gobierno? Pareciera como si una vez transcurridos los fatídicos cien días se acabase el gobierno. Que no hubiese oportunidad de hacer nada más. Como si lo que no se hizo en ese lapso no se pudiera hacer.
Los mandatarios son elegidos para períodos de cuatro años, durante los que deben gobernar desde el primero hasta el último día. Esos cuatro años tienen 1461 días, pues uno de esos años es bisiesto. Dentro de ese número de días, el cien no representa nada, pues solo equivale al 6,849%, o sea, ni siquiera al 10% de los días que ha de gobernar un presidente, gobernador o un alcalde, y no creo que sea serio exigir a alguien que en menos del diez por ciento del tiempo que tiene para hacer algo culmine la labor.
Y no es serio porque un gobernante debe implementar planes de gobierno que en muchas ocasiones, por no decir las más, no cuentan con antecedentes que faciliten su puesta en marcha, en más de una ocasión le corresponde comenzar por poner la casa en orden, analizar y fortalecer las finanzas públicas, armar sus equipos de gobierno, tarea no siempre fácil, y en fin, emprender una serie de actividades que como son para cuatro años, no necesariamente tienen que estar implementadas en el falso plazo.
Ahora bien, es posible que en el plazo señalado se den muestras de lo que va a ser el gobierno, pero son solo eso, muestras, porque en ninguna cabeza cabe que en el señalado lapso se tenga un gobierno acabado. Claro, hablo de cabezas sensatas, no febriles.
Pero además de que no tiene ningún mandatario por qué tener acabado y ni siquiera perfilado su mandato en el precario plazo del embeleco, es también una verdad que tratándose de seres humanos están sujetos a incurrir en equivocaciones, equivocaciones que han de enmendarse, enmiendas que no necesariamente deben o tienen que hacerse en el plazo indicado.
Si los mandatarios fueron elegidos para gobernar por cuatro años, creo que el período de calificación debe ser mayor, como por ejemplo, de un año. Es que durante el primer año de gobierno es posible saber a que nos enfrentamos, pero no durante uno tan exiguo.
Pero la entelequia estresa a los mandatarios que se esfuerzan por mostrar gestión en los mencionados primeros cien días, como si de ello dependiese que pudiesen seguir gobernando. Creo que lo sensato sería dedicarse a gobernar sin angustias, haciendo caso omiso al invento malhadado que sólo sirve para crear frustraciones.
Así que mis queridos amigos gobernador y alcalde, les aconsejo dedicar sus esfuerzos a poner en marcha sus planes de gobierno sin atender al plazo centenal, pues ese no sirve sino para crear falsas expectativas, angustias innecesarias y como decía al principio, para dar de que hablar, claro, siempre mal. Ese plazo es un invento sin fundamento alguno.
Otro invento, y ese sí del ex presidente Gaviria, fue el de las “primeras damas”, hoy denominadas “primeras gestoras”, figura inexistente en nuestro ordenamiento legal y que solo sirve para meter en líos a más de un mandatario.
Está muy bien que las esposas de los mandatarios colaboren con sus maridos en la figuración social, pero sin olvidar que ellas no son funcionarias y por tanto no es legal que dispongan de oficinas en las sedes de gobierno, ni utilicen los bienes del Estado en las actividades que realizan, pues al no ser funcionarias, esta utilización se convierte en peculado.
Tampoco pueden las primeras damas o gestoras sociales tener bajo su mando personal al servicio de la administración, y menos manejar o disponer de recursos pues al no tener la calidad de servidoras públicas, tales actuaciones se encuadran en los tipos penales y disciplinarios y terminan siempre por perjudicar a sus maridos, a quienes pretenden ayudar.
Así que es bueno lidiar con cuidado a las criaturas espurias que rondan a los mandatarios en todo el país y no pararles bolas a plazos inexistentes e infundados y poner atención en evitar dificultades legales.
Leovedis Elías Martínez Durán