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Javier Dario Restrepo
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¡Nunca más!
02/03/2008
La lectora, motivada por una columna anterior que titulé: "Marchas", cuenta y denuncia a la vez: "en la empresa en donde trabajo no nos darán tiempo libre para participar en la marcha del 6 de marzo. Marchamos sin problemas el 4 de febrero, por eso preguntamos: ¿y por qué esta vez no? La respuesta fue: porque la marcha del 6 de marzo es contra las instituciones".
Es una interpretación posible, así como la del 4 de febrero se pudo entender como un apoyo al Gobierno y así pareció ratificarlo el inmediato lanzamiento de la campaña para la tercera elección del presidente Uribe.
Pero hay otras interpretaciones que no tienen por qué considerarse de menor importancia. El objetivo más legítimo del 4 de febrero fue el de la solidaridad con los secuestrados y el de exigir su libertad. En la marcha del 6 también existe esa motivación noble de la solidaridad con las víctimas y el rechazo de las prácticas del asesinato, de los descuartizamientos de víctimas vivas, de las fosas anónimas y de los cadáveres despedazados y arrojados a los ríos, del desplazamiento forzado y del despojo brutal de sus tierras a los campesinos.
Estas prácticas (120 masacres en Antioquia en los últimos diez años) han dejado a más de tres millones de personas como víctimas, (300.000 en Antioquia) han convertido a cada una de estas personas en dolientes a quienes se ha privado del mínimo consuelo de saber dónde están los restos de sus parientes asesinados; además se los ha convertido en mendigos dentro de las grandes y medianas ciudades. Cada una de estas historias llena a los colombianos de una indignación impotente y de una vergüenza que pueden tener su expresión el 6 de marzo.
Es una motivación que puede ser tan legítima o mayor que la del 4 de febrero. Pero es posible distorsionarla.
Si la del 4 de febrero se distorsionó cuando alguien dijo que había sido promovida por Mancuso y por los paras, los motivos solidarios del 6 de marzo pueden volverse caricatura si alguien dice -ya ha sido dicho- que la patrocinan Manuel Marulanda o Hugo Chávez, o los dos. Lo mismo podrían decir que son marchas impulsadas por los vendedores de zapatillas deportivas, o por los envasadores de agua, o por algún industrial de camisetas blancas o negras.
Al oírle a mi lectora que aquel empresario no dejará marchar a sus empleados porque "es una marcha contra las instituciones", pude percibir en la torpe explicación una ofensa inconsciente contra las instituciones que, según el desalumbrado empresario, se identificarían con los asesinos de las motosierras y con los que han despojado de sus tierras a más de tres millones de colombianos, para sembrar palmas y coca.
¡Tan fácil es atribuirles las peores intenciones a los promotores de la marcha como a los que se le oponen!
Alguien preguntaba en estos días "¿cómo nos clasificarán en adelante a los que marchamos el 4 de febrero contra el secuestro y marcharemos el 6 en solidaridad con las víctimas de los paras?" Es posible que alguien califique a esos marchantes como habitantes de un limbo político; pero es muy cierto que estos marchantes serán los únicos capaces de entender para dónde debe ir el país y cuáles son los caminos que no debe recorrer.
Por encima de las neblinas mentales de uribistas y antiuribistas, más allá de los odios de paras y guerrilleros, superando la estrechez mental y de corazón de los que clasifican a las víctimas como buenas o malas, la marcha del 6, como la del 4, tendrá una dirección segura en los que han tenido la determinación de comenzar a enmendar la historia para que nunca más haya víctimas, ni colombianos que legitimen su existencia.
jrestrep1@gmail.com
Javier Dario Restrepo