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Valledupar,
José Guillermo ‘Pepe’ Castro
 José Guillermo ‘Pepe’ Castro
Las crueldades de una guerra*
18/01/2008

Hace bastantes años me desempeñaba como gobernador del departamento del Cesar, practicando un gobierno, ese sí de puertas abiertas, donde podían entrar los directivos del departamento, como sus hijos más humildes, que a veces llegaban a solicitar las cosas más imposibles.

Una de esas veces, llegó ante mí un anciano como de 100 años, de color negro, calzado con humildes abarcas y rudo vestido de dril blanco, quien con palabras tartajosas fue a pedirme que lo internara en la casa del abuelo y poder morir tranquilo.

Según él, era nativo del Paso y residenciado en esos momentos en Casacará. Se le notaba porte varonil y aún a esa edad marchaba erguido y con gesto rebelde, casi sin miedo y sin pena me abordó mirándome de frente, cuando noté que le faltaba un ojo:

He sabido que Usted es un gobernador liberal, nieto de Pepe Castro Baute, quien fue uno de mis jefes en la guerra que se llamó de ‘Los Mil Días’. En ella alcancé el grado de sargento y me tocó pelear en Fonseca, El Javo y El Blanco. Recuerdo con mucha claridad el combate que se llamó ‘El Desastre’, que se realizó al pie de la acequia del Javo.

Fue una carnicería espantosa, porque el ejército liberal supo que las fuerzas del gobierno conservador habían acampado en Codazzi.

Los godos estaban dirigidos por el general Ignacio Foliaco, quien sin pensarlo y sin tener en cuenta el fuerte calor, ordenó el ataque contra los liberales, que estábamos protegidos por árboles de Corúa y éramos unos veteranos.

Cuando ordenó el ataque sonó una trompeta que nos indicaba disparar y atacar sin miedo. Se formó inmediatamente una plomera y se oían los ruegos de los heridos y los gritos de los que disparaban sin ton ni son, víctimas del miedo por la emboscada en la cual habían caído.

Se rindieron muchos soldados niños, a los que no se les respetó la vida, a los que se les ordenaba desnudarse y agacharse para cortarles la cabeza y ellos ni protestaban, solo decían:

*Si mi destino fue morir aquí, que Dios perdone mis pecados.

Agachando la cabeza y con rula afilada, cortársela en medio de un torrente de sangre.
Estuvo casi en nuestras manos el padre Manuel Antonio Dávila, que combatió con las fuerzas del gobierno y al ir a montarse en su caballo, no se dio cuenta que estaba muy bien amarrado y sólo un voluntario que le cortó el hico, permitió que huyera velozmente.

Fue una verdadera carnicería y a los dos días nos tomamos a Valledupar y seguimos detrás de los godos, que acamparon en el cerro El Blanco, hoy La Boca del Zorro, donde los atacamos de noche, quitándonos las camisas y al amanecer, los que no estaban descabezados, huían hacía el río Diluvio, donde fueron alcanzados por las fuerzas comandadas por los coroneles Cabello, nativos de Villanueva.

De allí los bajamos como una manada de vacas y los encerramos en los corrales de la Tita Pinto en Camperucho, donde los pusimos a pasar sed y hambre, pero allí no terminó la guerra.

En La Boca de La Miel, nos concentramos las fuerzas liberales, donde la mayoría se comió su buen sancocho de pescado y unos tragos regaos, luego de dormir la siesta, a la sombra de grandes árboles de Algarrobillo.

Estando en esas sonó la alarma de los que hacían de centinela, que dieron el alto y dispararon contra una canoa que bajaba silenciosamente, cayendo de un disparo uno de sus ocupantes.

La persecución fue más fácil, porque lo seguíamos por la señal de la sangre que brotaba de la mano cortada. Finalmente sin tener nada que hacer le fue propinado un machetazo en la cabeza, que lo hundió para siempre en las aguas del río Cesar, donde fue comido por los numerosos caimanes que lo poblaban.

Miraba la cara del sargento Marriaga, que después de tantos años relataba sus hazañas sin rencor, pero aún con odio, contra otros colombianos tan humildes como él, que los llevaron a la guerra por motivos sin ninguna importancia.

Estaba escuchando esta confesión horrible, cuando llegó mi esposa Rosalía Daza de Castro, a quien le pedí que lo llevara hasta la casa del abuelo y solicitara en mi nombre, conseguirle asilo, pero las monjitas, viendo su gesto poco manso, dijeron perentoriamente que no lo aceptaban y entonces él orgulloso les dijo:

* Esto debe estar lleno de godos (y así era) dígame cuál es el más importante, para cortarle la cabeza y halla cupo para mí, porque lo merezco como sargento que fui del partido liberal y ¡estamos mandando!

Con esta protesta, se terminaron sus reportajes en la guerra en que participó y partiendo para Casacará, con unos cuantos pesos que le regalé. Dos años después supe, cuando pasé por ese pueblo que había muerto, cuidado por una de sus hijas, soñando siempre con su partido liberal.

Nota: Las crueldades de una guerra, nadie las puede calificar y solo los irresponsables sueñan con ella, olvidando las bandadas de gallinazos que como en Palo Negro, no volaban por el peso de la gordura y la hartura de comer, carnes de soldados colombianos, que murieron sin saber porqué.

*EDITADO

José Guillermo ‘Pepe’ Castro

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