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Alfonso Gómez Méndez
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Educación y desigualdad social
14/03/2007
Recientemente, el diario El Tiempo publicó un dramático informe sobre los “pilos frustrados de las regiones”. Se refería a significativos casos de muchachos de nuestras provincias, con un alto nivel de rendimiento académico, pero que generalmente por razones monetarias no pudieron entrar a las universidades. Me llamó poderosamente la atención el caso de Alexander Sanclemente, un joven afrocolombiano de Río Sucio (Chocó), quien habiendo sacado el mejor puntaje del ICFES en su colegio, se gana la vida vendiendo minutos de celulares en las calles. No menos golpeante es la situación de Alejandro Vargas, otro muchacho de Fusagasugá (Cundinamarca), la misma tierra del “ jardinerito “ que le dio gloria al ciclismo colombiano en carreteras europeas, quien con un altísimo puntaje no pudo cumplir el sueño de ser médico de la Universidad Nacional y ahora escasamente recibe un salario mínimo para poder estudiar como auxiliar de enfermería.
Colombia sigue siendo un país “centralista”. Me encuentro entre las excepciones de muchachos pobres de provincia (terminé mi bachillerato en Chaparral), que pudieron abrirse paso en Bogotá a base de esfuerzo, constancia y disciplina. Pero por lo general, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos y Europa, una es la educación que se recibe en las grandes ciudades, y otra en nuestros pueblos pequeños o ciudades intermedias. Y ello a pesar de que tenemos más de cincuenta ciudades (de esas no encuestadas) con población superior a cien mil habitantes. Aún cuando la Constitución habla de que este es un Estado “descentralizado” la verdad es que ello no pasa de ser un mero enunciado. Ni siquiera el Congreso ha sido capaz de expedir en dieciséis años la ley de ordenamiento territorial. Sigue existiendo una clara diferenciación entre las grandes ciudades y la provincia en términos de calidad y acceso a la educación. No es este propiamente un camino para integrar la Nación.
De otro lado, la pobreza le sigue impidiendo a nuestros muchachos que no pertenecen a familias adineradas, por talentosos que sean, desarrollar todo su potencial en las carreras que se acomoden a sus capacidades. Se ha dicho en forma retórica que la educación es uno de los factores de ascenso social, y una de las formas que permiten disminuir la brecha entre ricos y pobres, pero lejos de reducirla la estamos aumentando con casos como los de Alexander en el Chocó y Alejandro en Cundinamarca.
Es necesario entonces de un lado reducir esas diferencias entre la educación pública y la privada y entre la que se imparte en los grandes centros urbanos y en las ciudades pequeñas e intermedias de Colombia. La tecnología de hoy permite que esa indispensable tarea pueda adelantarse de manera mas expedita.
A pesar de que se han dado pasos importantes todavía falta que sea plena realidad la norma constitucional que ordena la gratuidad en la educación básica. Para ello se necesita entre otros aspectos fuera del de los derechos de admisión, entregar de manera gratuita uniformes y textos escolares, que por lo demás deben unificarse.
Si no queremos seguir aumentando esas diferencias sociales, valdría la pena ensayar estímulos académicos y económicos para los mejores estudiantes de los colegios de provincia. Para evitar frustraciones como las del muchacho del mejor ICFES vendiendo minutos de celulares en las calles, debería crearse un fondo entre empresarios y gobierno que permitiera garantizar la educación superior a los estudiantes más pobres que demostraran talento, y que como en los casos citados en el informe de “El Tiempo” se ubicaran en los diez primeros puestos en sus respectivos colegios. Esta no es una forma de populismo o asistencialismo, sino que vendría a ser la mejor inversión. ¿Cuántos científicos, médicos, físicos, químicos, ingenieros, hemos dejado de tener por estas desigualdades originadas en las regiones, o en las razones de orden económico?
En alguna ocasión, el empresario Luis Carlos Sarmiento Angulo, lanzó una audaz propuesta que nadie recogió: propuso un “pacto contra la pobreza”. Un fondo como el propuesto, sería el primer eslabón, no sólo para tomar en serio la idea del doctor Sarmiento, sino para abrirle paso a tantos talentos que se traga la inequidad regional o la desigualdad económica.
Alfonso Gómez Méndez