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Valledupar,
¿Qué es el éxito para el hombre? Y ¿Qué es el éxito para Dios?

“Hace algunos años, una comunidad sufrió un duro golpe cuando dos destacados ejecutivos de una prestigiosa empresa murieron en un accidente. Amigos y socios se reunieron en el funeral de uno de ellos y pronunciaron discursos sobre su capacidad, su compromiso con la excelencia y lo mucho que habían contribuido a la empresa en su breve vida. Después de una larga lista de intervenciones con expresiones de admiración, uno de sus hijos se acercó al micrófono. Dijo que hubiera querido tener algo bueno que decir de su padre, pero no lo tenía.

Con lágrimas en los ojos y con voz quebrada, dijo que hubiera querido conocer al hombre de quien la gente hablaba tan bien, su padre. Pero no había llegado a conocerlo…”.

Vivimos en un mundo un tanto desubicado por presentar íconos en cuanto al significado del éxito. Y vemos entonces hombres y mujeres dispuestos a hacer cualquier cosa para, por lo menos, aparentar haber triunfado. Hoy aparte de la necesidad de provisión material no existe en nuestras almas un deseo más grande que el de triunfar y de ser reconocido por nuestro éxito, sea este grande o pequeño.

El tener éxito no es un mal deseo. Nadie quiere fracasar. El impulso de nuestras almas por el éxito está presente en todos nosotros. Dios lo ha puesto dentro de nosotros para que podamos tener éxito en EL y disfrutar de la satisfacción del verdadero éxito.

El desafío, entonces, lo plantea no nuestro interés en tener éxito sino en como definimos el éxito. En otras palabras ¿Cuál es mi enfoque práctico con relación al éxito?

Esto es importante ya que se trata de la fuerza que establecerá la dirección de nuestra vida y de alguna manera diseñará nuestro futuro. Por ejemplo, si creo que el éxito es amasar millones de pesos, entonces trazaré mis planes y el curso de mi vida tras el logro de ese objetivo. Eso determinará la elección de mi carrera y la utilización que haré de mi tiempo y de mis energías. Para muchas personas el éxito esta definido por tres aspectos: poder, posición y fama.

Todos los seres humanos tenemos algún poder en virtud de nuestra estatura, posición, rapidez mental, agudeza o conocimientos. Algunos tenemos el poder de los recursos personales como los dones y bienes, que nos convierte en personas importantes en el medio que nos rodea. Otros han obtenido posiciones y con las posiciones viene el poder. El uso legítimo o ilegítimo del poder está en la manera como lo empleamos.

El éxito se define también en términos de la posición que hemos alcanzado. Los símbolos que establecen nuestra posición son el tamaño y sector de nuestra casa o apartamento; modelo, marca y valor de nuestro carro; sitio de trabajo y cosas por el estilo. La posición es vital para el sistema del éxito desde la perspectiva humanística, pero es relativamente insignificante en la búsqueda bíblica del éxito.

Una vez logrado el éxito en términos del prestigio que da el poder y de los símbolos que revelan su posición, el premio codiciado es la aprobación y la alabanza proveniente de los demás. Si bien todos tenemos una necesidad de ser afirmados y reconocimiento por el trabajo realizado, la filosofía humanística nos hace ver el éxito como la manera de recibir la alabanza de los demás.

Quienes estamos comprometidos a resistir la imposición de una filosofía humanística en nuestra mente debemos entender el peligro que hay en llegar a conclusiones falsas con relación al éxito.

Bienes tales como la familia, las relaciones, y la causa de Cristo están sufriendo terriblemente como consecuencia del síndrome del éxito desde la perspectiva humana. La búsqueda del éxito nos tienta a violar principios éticos y morales perturbando así nuestra conciencia. Con frecuencia después de haber triunfado, hemos pagado un precio demasiado alto por la gloria y quedamos con la íntima sensación de haber fracasado. Tratamos de subir la escalera solo para darnos cuenta de que la escalera estuvo apoyada en la pared equivocada.

El éxito bíblico auténtico es tanto alcanzable como satisfactorio

El éxito no excluye los traumas y las dificultades. Evidentemente el éxito no es solamente lo que resulta confortable y conveniente. Requiere de esfuerzo y trabajo arduo. Cristo afirmó claramente que las posiciones legítimas de poder y prestigio son dadas por Dios en su soberano plan y momento, no arrebatadas por personas ávidas de privilegios.

El éxito bíblico está al alcance de todos, no solo de los que se mueven con mayor rapidez, o de los más fuertes, o de los que primero se colocan en las filas. No obstante cuando Dios necesita que alguien le sirva en una posición elevada, es El quien eleva a quien ha escogido. La verdad es que Dios busca a quienes han tenido éxito ante sus ojos, aunque quizás sean de humilde posición ante los ojos de los hombres, para promoverlos a posiciones de confianza.

Aquellos que se esfuerzan para llegar a la cima terminan frustrados y decepcionados si no se les dan resultados y pueden ser de resultados trágicos para su vida. Aquellos que lo hacen de la mano de Dios verán sus expectativas de éxito hechas realidad.

El éxito bíblico autentico es el que está consagrado al éxito de los demás, sirviendo para satisfacer sus necesidades y capacitándolos para que crezcan y prosperen de la misma manera que Cristo vino para servir en mis necesidades y darse a si mismo en mi favor para garantizar mi victoria.

Le recomiendo leer en la Biblia en el libro de Romanos, capitulo 12, verso 2 (Romanos 12:2).


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