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Valledupar,
Remedio para el hipo

Luis A. Mendoza Villalba

Entre las enfermedades que uno no quiere tener está el hipo: ataca cuando le da su santa gana, es decir, cuando uno menos lo desea: en la primera cita, en el momento de pronunciar el sí matrimonial, al iniciar el discurso de graduación. Según la Enciclopedia Médica Medline Plus, esta enfermedad recibe su nombre del ruido que produce la contracción involuntaria y paroxística del diafragma que se hace acompañar de una contracción de la laringe y de un cierre de la glotis que evitan la inspiración de aire.

Ahí se lee que también puede ser debido a falla del duodeno. Cuando el diafragma se irrita produce las contracciones. La causa del malhumor del diafragma y de la laringe puede atribuirse al abuso del alcohol, a estar el enfermo excesivamente nervioso o a una excitación de la madona. Dato especial: es muy democrático pues no hace distinción de sexos ni de credos.

Generalmente dura pocos minutos pero en algunos casos puede durar días o semanas, especialmente cuando está fallando el duodeno. El hipo del señor Charles Osborne ganó en Australia un premio sideral: duró 68 años, según los Guiness Records.

Existen 250 maneras de quitar el hipo, de las cuales tomo las siguientes: a) Pensar en todos los hombres calvos que pueda; b) Dígase usted mismo: “yo no voy a volver a tener hipo”; c) No haga nada: espere el siguiente hipo; d) Cierre los ojos y visualice un aviso de neón encima de su tumba; e) Acuéstese en el piso, levante las piernas y presione su estómago con las rodillas y, al mismo tiempo, cierre los brazos como una cruz: ábralos y ciérrelos; f) Haga uso de lo más moderno de la ciencia oriental: Utilice el Hatha Yoga que aconseja a la mujer tener como compañero de cama a un hatha-kámuka, o sea, un amante violento que la encienda a golpes cuando se le antoje; g) Olvídese del hipo (remedio bastante difícil de aplicar).

Ocurrió que el demonio del hipo penetró a un convento y se metió de una en el cuerpo de una monja joven y bonita. Al ver que pasaron tres días y no desaparecía, le administraron a la religiosa vinagre por la nariz, solución que casi la ahoga; rezaron rosarios con sus letanías completas y ruegos a santa Rita; le dieron a beber agua gaseosa por montones; le taparon la nariz con pinzas de ropa. Y así todo lo que se les iba ocurriendo. De resultas de tanto remedio, la monjita perdió el apetito, enflaqueció peligrosamente, vomitaba con frecuencia y no dormía Una tarde, una de las monjas trajo una hoja de periódico que hablaba de que en Haifa, Israel, a un rabino no se le quería quitar el hipo que sólo desapareció al practicársele un masaje rectal con el dedo. Ya esas eran palabras mayores y la madre superiora decidió que era hora de ir al médico.

Interrumpida por su sonoro hipo y ayudada por una compañera, la enferma le cuenta al galeno sus desdichas, detalla lo que le han aconsejado, etc. Empieza el doctor a analizarla, le ausculta el estómago y le dice de pronto:

_Lo que pasa es que usted está embarazada.

La monja abre tremendos ojos, se levanta raudamente de la silla y sale corriendo al convento. Llorando les cuenta a todos que el médico le dijo que estaba embarazada. Esa misma tarde, en la hora siguiente, la madre superiora visita al galeno y le dice:

_Pero, doctor, ¿cómo le ha dicho a la hermana Cecilia que está embarazada? El médico contesta:

_Bueno, yo lo hice para darle un susto, para quitarle el hipo. El susto era el único remedio que le faltaba. Y dice la madre superiora:

_Pues, el que tuvo el susto fue el señor Obispo que se tiró de la torre cuando lo supo.


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