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Valledupar,
Tiempo de la palabra

Por Jose Atuesta Mindiola

El poeta vallenato, Luis Alfredo Aarón Leonis.

El poeta Aarón Leonis desde sus años juveniles se esconde bajo el seudónimo de “El misterioso caballero de la blanca luna”. No sé en paraíso o en que infierno pernoctaba el poeta. Las penúltimas noticias de sus metáforas llegaron con el premio de poesía del Instituto Cultura y Turismo del Cesar. Aunque tiempo atrás, empecé a leer sus primeros bocetos de palabras, cuando era mi alumno en el siempre recordado Instituto Técnico Pedro Castro Monsalvo.

Hoy nos entrega el borrador, los impresores llaman “machote”, de su primer libro “Poemas”. Se siente en sus versos la levedad del rocío, la melancolía azul del caracol y la partitura fragmentada de los atardeceres que se estacionan lejos del crepúsculo. Tal vez para reafirmar que es fiel seguidor de su maestro, Hernando Socarrás. Ahora es el seudónimo lo usa como heterónimo para describir su poética: “Los poemas de Luis Alfredo Aarón Leonis son como gestos de fragmentos que sirven para cautivar y a la vez irradiar los árboles grandes en un existir inevitable. La creación del poeta lanza en su cosmovisión, muy particular, el acto de mirar los caracoles estableciendo un tiempo real para presentir el tiempo de la maduración de la imagen. Todos los elementos de su poesía revisten un trazo ligero, fascinante; sin embargo, ese acto en ningún momento es ajeno a lo exterior, la respiración ofrece el inevitable comienzo de existir, de compartir un momento de lucidez.

Justamente se trata de probar las evidencias de un lenguaje muy despojado; aquí llegamos a lo sensitivo, es la mejor manera que tiene el porta para escoger y despojar, porque sin el despojamiento se convierte en empobrecimiento. Tenemos que acercarnos necesariamente a lo breve y a lo intenso de la realidad poética, el poeta ha logrado compartir el equilibrio de su propia visión que medito y, por ultimo, erigió su propia versión de la vida y del mundo”(El misteriosos caballero de la blanca luna).

Al mismo tiempo que me levantaba.

Entre los caracoles, al tarde se levantaba

Agitando y mordiendo todos los espejos

De la casa.

El lugar estaba lleno del esplendor,

Nadie pudo memorizar los huesos de sal.

Las nubes.

Tú respuesta

Con mis nubes despido las manos

Que levantan agua de las primeras arrugas.

Entre el frío y el calor de los años

El cansancio de los días

Hace desesperante el asomo de las montañas.

La noche errante de orillas

Levanta mis adioses. Las hojas secas

Viajan danzantes en los manteles.

Ningún miedo tengo a la calma de los

Alcatraces…

Nos hemos llenado de otra noche,

Nadie sabe del límite de los remos,

La almohada me aturde y desprende el dibujo.

Alguien habla de las cáscaras, del cansancio;

A la hora de caer el paisaje es humo

Sin armonía,

Afuera

Las ataduras lentamente coinciden

Con el declive, nada más.

Los colores de tus labios, la mañana

Y el cuerpo lleno de gaviotas

Respirando los signos de la sal.

En ningún instante disimules las horas del puerto,

Sigue las hojas sin orientación.

Somos cualquier distancia

Tratando de confundir y avanzar,

Como si usáramos la debilidad

Para respirar el

Amor

Confundimos las barajas antes del mar:

Otra es la noche y nada halla.

En ningún momento debemos apresurar los días,

Tira la puerta al abismo de la sangre

Y empuñaras el otro enemigo más lejos,

Sin ser venido por los años.

Las brisas abren la ilusión

A aquellas mecedoras de mimbre.

En ningún momento digas nada,

Las brisas me aguardan

Y cumples soltando tu calor

Para crecer y tomar de inmediato

Un pedacito de aquella luna

Que supo

De la intranquilidad de los cangrejos.

Aquello que perdimos

Humedeciendo tardes sin presentir

El miedo de la sombra,

Sin entrelazar el gris de los vidrios,

Repitiéndonos en el buen buceo

De un pequeño paisaje

Respirando el agua.

El cuerpo lento

O rápido como la música,

Sin preguntar por lo invisible.

La noche, silencio de palabra,

Rumor de calles, subimos con la sangre

De las estaciones

Sin pensar en esos olores,

Y el mar tan vivo y olvidado,

Como quien enfrenta las cenizas

Y tiene motivo para dejar quemar las pupilas.


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