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Se alborotó la selva
02/07/2008

Todos querían a la lorita. Ella se paseaba por todas partes como una reina y por eso llegó a estar en el sanedrían selvático y en medio de elefantes, micos, jabalíes, lobos, zorros, águilas, cóndores, boas, tiburones, tigres,  leones y todas las fieras de diversos pelambres y pieles camalónicas, era escuchada, aunque no siempre con el suficiente cuidado pues al fin y al cabo era una lora.

Y la lorita se puso a hablar, parece que más de la cuenta porque no estaba contenta porque su señor solo rugía y todo lo prometido no llegó a ser ni una mala costilla para pagar su valioso regalo.

Y la lorita cotorreando por todas partes pero lo que decía no le gustó  ni al león ni al cuervo, y menos a lobos, zorros, hienas, águilas, mapanás y tiburones.

Y rugió el león y su rugido amedrentó a los insectos, a los gusanos, a las aves menores y a los pequeños simios que siempre lo acompaña en sus encuentros semanales y también alertó a las hienas, lobos, zorros y todos los que se imponen en sus territorios por la fuerza de sus mandíbulas y garras.

El león, molesto, daba zarpazos a diestra y siniestra derribando a los molestos e ingratos súbditos que se atrevían a mesarle su frondosa melena.

Que la lora está loca, dice el cuervo; que es una habladora y todo es mentira, acota el zorro; que cómo creerle a una lora, dicen los lobos.

Las hienas la señalan como a un apeligros ave de rapiña vestida de verde sin acordarse que la lorita siempre las acompañó en sus festines y aplaudió sus correrías.

Los adustos buhos, girando solo sus cabezas de sabios, decidieron que doña lora decía la verdad y que por creerle a los de las espuelas afiladas debería quedarse en su rama como castigo a su ingenuidad, pero así mismo dijeron que si la lora era culpable, lo que ella hizo aprobar no valía porque lo hizo vendiendo su alma, no al diablo, sino al león.

¡Qué rugido¡ La melena alborotada a media noche, pero con hablar de ratoncito de Walt Diney, el rey para siempre, declaró a los buhos peligrosas aves terroríficas y burros sempiternos por no saber interpretar lo que fueron obsequios de amistad a la pedigüeña lorita.

Y como se atreve esa lora loca, o es que no ve los lindos colmillos del señor de los arrieros, cuando se distrae ofreciedno lo que no puede cumplir, ¡pero se ve tan bonito¡ que hasta muñequito tiene; y esas aves chapadas a la antigua que ya no respetan ni a los magos y creen que pueden estar por encima del maestro de la palabra.

Y la selva se alborotó y los rapaces de siempre salieron a querer cambiar una verdad sabida por una verdad inventada y que cómo se atrevía una simple lorita a importunar al león y menos unos buhos que solo son comeratones.

Los insectos, los pequeños animales de la selva que siguen ciegamente a las fieras no comprenden como tan insignificante animalito verde se atrevía a enfrentar al poder de las grandes y poderosas bestias de la selva.

Y todos auna, como en... como siempre en la selva, los corbatines son santificados; los gallos encubiertos; los elefantes invisibilizados; los lagartos entronizados; las hienas exoneradas y los leones elevados al Olimpo auncuando haya loritas  que dicen la verdad y ¡oh paradoja¡ en la selva lo que a menos se le puede creer es a la verdad y aún siendo culpable el que la dice, esa misma verdad es mentira si toca a algún poderoso.

El rugido produjo su efecto y guacamayos, loros, cotorros gritaban en un solo coro: ¡tenemos la democracia más vieja del mundo!

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Germán Piedrahíta R.
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