www.elpilon.com.co
Los eventos del absolutismo
01/07/2008

“No hay hombre grande para su médico”. Refranero Popular

Anonadada y atemorizada por el embrollo entre los poderes que nos rigen constitucionalmente, he llevado a cabo un sondeo de opinión entre los más conspicuos intelectuales de mi país representados por destacados columnistas que he leído todo el fin de semana, y los ciudadanos que hacen fila para pagar los servicios públicos, los impuestos y la cuenta del mermado mercado.

Tal como veo las cosas, es probable que estemos a las puertas de una guerra civil, por la irresponsabilidad de los hombres de carácter que están a cargo del manejo de la nación; nos creíamos a salvo de las querellas que iniciaron la horrenda matanza de seis décadas –que persiste agazapada -, pero el maligno esperaba encubierto para hacer presa de los hombres que manejan nuestros destinos. Es que no es posible que el ochenta por ciento de la población corriente pueda entender lo que alega el veinte por ciento erudito.

Por fuerza, tenemos que recurrir a la historia de la humanidad para entender y tratar de sortear este nefasto choque entre el Ejecutivo y el Judicial que nos podría arrojar al abismo de la tiranía, ponga por caso el pensamiento de Charles de Gaulle, que manifestó:

“Frente al acontecimiento, el hombre de carácter recurre a sí mismo. Mucho mejor, abraza la acción con el orgullo del amo, pues se mete en ella es suya (...) Los subordinados lo experimentan y, a veces, se lamentan de ello. La confianza de los pequeños exalta al hombre de carácter, pues ha nacido protector, se le devuelve en estimación lo que él ofrece en seguridad.

“El privilegio del dominio, el derecho de dar órdenes, el orgullo de ser obedecido, las mil consideraciones, respetos y prerrogativas que rodean el poder, ¿por qué habrían de ser gratuitos?”.

Ahora nos toca a nosotros, los pequeños, hacer de jueces, por que si nos llaman a que nos manifestemos en un plebiscito, también tenemos el derecho de hacer un raciocinio: Por la noche, los niños de mi tiempo teníamos miedo de las brujas, el duende y la llorona, intimidados por las narraciones que nos hacía algún adulto, nos apretujábamos alrededor del mismo adulto que nos intimidaba para que nos diera protección y seguridad. Pero a la luz de la realidad de la Historia, no existen ni pequeños ni mayores, sólo hombres con sus diversas competencias que no les autorizan en absoluto a valerse del contraste entre la luz y las sombras para asegurarse un predominio moral.

Bajo formas antiguas, corrompidas, el fenómeno de la Autoridad degenera en un ceremonial mágico; esto lo sabe muy bien el psiquiatra de la patria, y el publicista oficial, que induce a que todos aceptemos la imagen paterna, y sus juegos de prestidigitación exigen que el espectador esté algo paralizado e intimidado, por tanto la proyección constante de la imagen del Hombre Fuerte en fotografías y apariciones en televisión desarrolla una fuerza hipnótica.

El peligro está en que los que poseen fuerza o poder tienden, en todo momento y en todo lugar, a ponerse la máscara de la Autoridad para dejarla confirmada. Su dominio resulta ser entonces más fuerte y pernicioso, puesto que escapa en gran parte a la conciencia crítica. Es así como pasa del ámbito político al ámbito emocional, es decir, psicoafectivo, con todos los riegos que implica un desliz semejante para todos nosotros afectados en espíritu por los espantosos crímenes que nos acompañan a lo largo de la existencia en cuerpo de ciudadanos colombianos.

yastao2@hotmail.com

Silvia Betancourt Alliegro
www.elpilon.com.co