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Elegía a la muerte del poeta Eugenio Montejo
17/06/2008

Escribo desde el vacío que genera la muerte de un poeta, desde esta soledad de hallarnos sin otra voz hermana, escribo y sé que no habrá una carta más que dignifique esta silenciosa tarea de extrañar a quien ha partido, escribo para homenajear al gran maestro Eugenio Montejo; una de las mejores voces poéticas de América Latina, quien murió el 5 de Junio en un hospital de Valencia, Venezuela, víctima de su corazón que proveyó tanta devoción a la poesía, que edificó una escritura excelsa, nutrida del amor que había revelado a la tierra que lo vio nacer, a los árboles, a la mujer, a Guigüe; una población rodeada por el lago Tacarigua, el pueblo de sus ancestros con quienes se reunía en el acto de evocarlos a través del álbum familiar.
Escribo sin soslayar la tristeza por la palabra que se va con el poeta, por el verso que vuela y aunque intenta volver, sus sonidos siempre regresan otros, por esa trampa nostálgica del eco que siempre deja atrás algo de su energía al retornar.

A Eugenio Montejo lo descubrí una tarde en Tunja, cuando el poeta Jorge Eliécer Ordóñez se acercó a mostrarme, maravillado por la fuerza de los poemas, un libro titulado El azul de la tierra, que aún conservo por revelarme una poesía fabulosa que desde su sencillez planteaba el regreso a la naturaleza, al mito, la familia, y a ese lago Tacarigua , tan cantado en sus poemas como el titulado Mis mayores: Mis mayores van y vienen por mi cuerpo/son un aire sin aire que sopla del lago/un galope de sombras que desciende/y se borra en lejanas sementeras. Montejo era la voz que hacía tiempo buscaba como impulso a mi escritura. Desde ese día, se convirtió en una especie de gurú poético con quien muchos aprendices de poeta nos conectábamos para empezar a ahondar en aquellos territorios abandonados por la esquiva memoria.

Montejo, creador de vida a través de su palabra, tomó distancia de esa poesía rebuscada y surrealista, planteada por la tradición, para mostrar una escritura que desde el afecto por la naturaleza y por el mundo donde creció, nunca cesó de escribirle a su pasado. Después de su desaparición, nos sigue hablando a todos los que sentimos esa tristeza por la pérdida irreparable de su viaje hacia la tierra, tal como lo plasmó en sus poemas, adelantándose siempre a su muerte, “lo llevaron alzado como un ave de augurios y lo sembraron en la tierra amorosa,” esa que tanto lo afectó. Venezuela fue el hogar de los suyos, la patria que lo vio crecer como ensayista, diplomático y poeta, mostrando esa búsqueda intuitiva de los afectos por la familia, por Lisboa y Pessoa, por Ítaca y su pájaro cantando en griego.

Murió Eugenio Montejo, pero nos dejó un legado poético digno de mostrar a futuras generaciones. Desde este espacio, In Memoriam, comparto con ustedes otro de sus poemas premonitorios titulado: “Dura menos un hombre que una vela “Dura menos un hombre que una vela/pero la tierra prefiere su lumbre/ para seguir el paso de los astros. /Dura menos que un árbol, /que una piedra/se anochece ante el viento más leve/con un soplo se apaga/Dura menos un pájaro/ que un pez fuera del agua/casi no tiene tiempo de nacer/ da unas vueltas al sol y se borra/entre las sombras de las horas/hasta que sus huesos en el polvo/ se mezclan con el viento/y sin embargo, cuando parte/siempre deja la tierra más clara.

arizadaza@yahoo.com

Óscar Andrés Ariza Daza
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