La acelerada globalización del planeta, que abarca desde el comercio a las migraciones, impone retos enormes sobre las instituciones planetarias, cuya capacidad de acción ciertamente no se ha fortalecido al ritmo de una demanda creciente por reglas de juego y foros para acordarlas con prontitud. Por eso es indispensable desplegar todos los esfuerzos posibles para fortalecer la arquitectura multilateral.
Desde esta perspectiva conviene celebrar que haya sido posible darle un papel protagónico al “Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático”, el organismo de Naciones Unidas que valida, desde el punto de vista político, los avances de la ciencia en la medición del fenómeno, sus causas, consecuencias y la forma correcta de afrontar los problemas que plantea a la comunidad de las naciones. Gracias a la labor cumplida por este organismo, fue posible lanzar las negociaciones que deben conducir el año próximo a un acuerdo que profundice los compromisos contenidos en el Protocolo de Kyoto.
Ha pasado un tanto desapercibida, tal vez porque la entidad no es popular y ha perdido importancia, la reforma, acordada el pasado abril, del Fondo Monetario Internacional. A pesar del escepticismo de muchos, fue posible llegar a un acuerdo para incrementar la voz de los países en desarrollo, en especial de aquellos que, gracias a tasas elevadas de crecimiento durante periodos prolongados, tienen hoy un peso en la economía global superior al reflejado en sus participaciones en el Fondo.
Ahora le toca al Banco Mundial afrontar su transformación a fin de corregir los serios desbalances de poder existentes entre países ricos y pobres, de un lado; y, de otro, superar el déficit de legitimidad política de que adolece. Lo primero, por la insuficiente participación de nuestros países en su gobierno; lo segundo, por la inveterada designación como presidente del Banco de nacionales de uno sólo de los países miembros, una practica que va en contravía de los principios democráticos que suelen practicarse -es justo reconocerlo- en su vida diaria. En la actualidad, se trabaja con febril entusiasmo con el propósito de acordar los aspectos centrales del paquete en octubre de este año y llegar a un acuerdo en la primavera del 2009.
Desde el punto de vista político, el Banco puede ser entendido como una alianza entre dos categorías de países en beneficio de todos para promover el progreso económico y social en aquellos que se encuentran rezagados. Así concebido, tiene sentido postular que en su gobierno participen ambos grupos en pie de igualdad. Esto significa que las cuotas deben repartirse por mitades entre ellos, lo cual no ocurre en la actualidad.
Sin embargo, como el Banco es también una empresa que tiene accionistas, es preciso contar con una racionalidad para distribuir esos derechos entre los miembros. Al momento de su fundación en 1944 se definió un criterio basado en el tamaño relativo de sus economías. Como ha pasado mucha agua debajo del puente, la fórmula se ha quedado obsoleta. Además, si bien el criterio tradicional es objetivo y relevante, resulta interesante combinarlo con otros para lograr un grado mayor de representatividad.
En el caso de los países desarrollados, por ejemplo, para tener en cuenta sus contribuciones al financiamiento concesional que otorgan a los países pobres. En el nuestro, para darle relevancia a la pobreza, tanto en términos absolutos -número total de pobres- como relativos –participación de los pobres en la población total- Es obvio que no será fácil llegar a un acuerdo, pero que se haya logrado en el Fondo Monetario, que es un “animal” distinto pero parecido, constituye un factor esperanzador.
Por lo que refiere al nombramiento del Presidente del Banco, es obvio que nadie puede estar en desacuerdo con un mecanismo basado en meritos y abierto a nacionales de todo el mundo.
Jorge Humberto Botero