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Notas marginales sobre los funerales
08/06/2008

Eso de morirse es cosa seria. Se saldan todas las obligaciones para con la sociedad y la familia. Es tan serio que hasta los bancos perdonan las deudas pendientes y tienen presupuestado el envío de corona de flores a quienes en vida fueron buenos clientes. Afirmaba una plañidera profesional que la importancia del muerto se mide por el número de coronas que recibe. Particularmente me parece un desperdicio contaminante. Prefiero los donativos a entidades de beneficencia.

Para nosotros los católicos enterrar a los muertos es una de las obras de misericordia. Se nos ha enseñado que la vida no se acaba sino que se transforma y por tanto la muerte no es sino un paso hacia la vida eterna. En ese discurrir hacia la eternidad algunos pagan peaje por sus malas acciones terrenales y otros no.

Los preparativos de las honras fúnebres son tan engorrosos que se delega en las funerarias toda la organización. Lo importante es elegir una que inspire confianza. En nuestro medio se las categoriza de tal manera que se sabe si el muerto era vallenato o no lo era y el estrato al que pertenecía, dependiendo de la funeraria escogida para su sepelio.

Las salas de velación cumplen una función práctica y prestan un servicio eficiente. Hoy no es necesario recoger toda la casa (porcelanas, platería, etcétera, para impedir la acción de los que se cuelan en los velorios para llevarse lo ajeno), ni disponer la compra de toneladas de café, aromáticas y azúcar, gaseosas, gallinas y condimentos para los caldos nocturnos, ni arrendar sillas, contratar meseros y despejar la sala, entre otras incomodidades. Porque, dicho sea de paso, las funerarias están revaluando el concepto arquitectónico de que las casas deben tener salas. Bien analizado, en climas tropicales únicamente servían para los velorios y para el pedimento de mano de la novia. Como hoy no se pide a la novia, son innecesarias.

Otra ventaja de las salas de velación es que permiten la circulación de las personas que van a dar el pésame. Ya no es imperioso permanecer horas y horas sentado para que los deudos se den por enterados de nuestra presencia. El espacio no lo permite y hay que ceder el turno a otros.

Sin embargo, la costumbre de amanecer con el muerto persiste. Lo cual no tiene ningún sentido. Decía mi abuela que para morirse no se necesitaba ninguna compañía y que estando muerto ya para qué la compañía.

Es sabia la decisión de cerrar la funeraria antes de las doce de la noche, porque después de esa hora nadie se va acercar a dar las condolencias. Están los que llegaron antes, algunos de los cuales se quedan. En cambio, quienes se enteraron tarde del deceso madrugan a expresar su duelo y se encuentran con que el difunto está solo. Esto les ocurre a las personas que tienen compromisos laborales que no pueden darse el lujo de esperar por horas la llegada de los trasnochados parientes del finado. Como me ocurrió hace poco que esperé casi dos horas y no pude dar pésame. De seguir la costumbre de amanecer, sólo los desocupados y los jubilados podrán concurrir a los sepelios.

Resulta conveniente la compra anticipada de planes exequiales para que no nos tome por sorpresa la muerte. Nada sería si la Parca avisara; pero no lo hace. Los gastos son altos y se generan justo cuando estamos cortos de dinero. El ataúd es muy costoso para una sola postura. El entierro o la cremación tampoco son baratos.

Se quedan en el tintero muchos otros apuntes. Algún día completaré el tema. Por ahora tranquilizo a los pocos lectores de esta nota: no se afanen cuando les llegue la hora de partir. El problema se les deja a los vivos. Los muertos descansan en paz.

Luis Augusto González Pimienta
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