“Me mandaron derecho pa´ donde el diablo Y tampoco me quiso abrir la puerta”. Los Hermanos Zuleta.
Cuanto ratero de patio quiso protegerse de sus perseguidores se matriculó en la guerrilla, con la esperanza del salario prometido y la posibilidad de seguir ejerciendo paralelamente sus actividades habituales con la excusa de estar usando su “experiencia” para favorecer a sus nuevos jefes.
Si alguien tenía una disputa con un vecino, les decían: “Suban a la sierra, para que el comandante dirima este conflicto”.
Varias veces despertamos sobresaltados por disparos de fusiles o la detonación de bombas que destruían el único banco del pueblo, el edificio de la alcaldía municipal, las oficinas de la fiscalía o la casa de la cultura, en donde la explosión, además de varias partes del edificio, destrozó las piezas de arcilla que componían nuestro modesto museo arqueológico.
Todo el que tenía un negocio debía pagar un tributo, había toque de queda desde las siete de la noche y así, lo que inicialmente fue una especie de lucha contra la injusticia con ínfulas marxistas degeneró en una legislación irracional. De esa forma impartieron la ley, todo el mundo sabía quien era el emisario que mataba en el pueblo por órdenes del comandante.
Reconocíamos la bicicleta del sicario que disparaba mientras pedaleaba, delante de todos y seguía su camino, sin que nadie pudiera ver ni oír ni decir nada. Porque hasta la brisa que bajaba de las montañas no movía la hoja de un árbol sin que eso fuera voluntad de ellos.
La primera incursión pública de los grupos de Autodefensas en el municipio evidenció el arraigo que las guerrillas tenían en el pueblo y concluyó con la retirada forzosa de un grupo de asaltantes que pretendió sorprender en la madrugada a los milicianos de la urbe. Siendo ellos los sorprendidos al verse contrarestados y disminuidos al punto de haber tenido que huir, dejando su vehículo abandonado ante la derrota.
Para celebrar su triunfo, la guerrilla incineró la camioneta en la mitad de una de las calles de El Cafetal. Al amanecer la gente comentaba, en voz baja, lo sucedido pero nadie se imaginó que los paramilitares iban a volver tan pronto. No obstante regresaron, sólo que esa vez la ejecución del plan obedeció a una estrategia mucho más elaborada.
Escogieron la madrugada del ocho de diciembre de 1998, para usar los juegos pirotécnicos y el bullicio festivo como camuflaje.
Con directorio en mano y después de descender de tres camiones repletos, un batallón armado hasta los dientes hizo un barrido del pueblo. Hurgaron toda la cuadrícula que componía el mapa del lugar, desde la calle uno hasta la última y desde la carrera última hasta la primera, pidiendo identificación y ametrallando en el acto a todos los señalados en sus listas negras, frente a las miradas impávidas de los volcados hacia la cómplice celebración navideña. El día siguiente arrojó un saldo de 11 muertos, que sumieron al municipio en un luto de varios años y que al mismo tiempo pronosticaron lo que en adelante sería la vida en Villanueva.
(Continuará)
Jarol Ferreira