A propósito de artículos que inusualmente aparecen en periódicos virtuales, que recurren al lenguaje de la vulgaridad, he desempolvado este texto, escrito y publicado hace algunos meses, con el único fin de insistir en reflexionar sobre el proceso de escribir, para invitar a la cordura a quienes al defender sus ideas confunden el uso del discurso popular con la obscenidad.
No se trata de una postura mojigata, pues las palabras fuertes o suaves tienen un contexto en el que se pueden utilizar para no caer en discursos fuera de lugar, que terminan dejando en ridículo a quien las escribe frente al lector.
La escritura a través del tiempo se ha convertido en un elemento eficaz para el desarrollo de las sociedades. A través de ella se analiza, seduce, discrepa o se elogia, se funda la vida mediante la estructuración del pensamiento que edifica desde la otredad y propone otra forma de ver el mundo.
Sin embargo, hay quienes usan palabras desde el intolerante lenguaje destructor que bajo una falsa idea de irreverencia terminan instaurando una forma violenta y vulgar de posicionar su manera de pensar a través del discurso del insulto.
Con la escritura se abre la posibilidad de eternizar el pacto del hombre con su palabra, se han construido leyes para la civilidad, enamorado, persuadido, implorado perdón o reconciliado, entre otros resultados.
Escribir es una necesidad para quienes nos seduce la pasión por la vida y el sueño de construir un mundo más tolerante y posible para todos. El texto periodístico debe tener un compromiso serio con la verdad y el respeto por quienes esperan encontrar en él una solución lúcida y no una herramienta para sembrar resentimientos u odios, producto de la irresponsabilidad para emitir juicios categóricos lejos de toda sindéresis por parte de quienes haciendo un uso indebido del derecho a expresarse, pues ser periodistas no los faculta a hacer de su discurso un elemento de violencia y discriminación.
Muchos periodistas están entrando en la moda de escribir sin ponderación, cayendo en una escritura superficial que dista de cualquier punto de vista crítico al no proporcionar un análisis que conduzca a soluciones viables. Preocupa que se publiquen textos viscerales, vulgares e irrespetuosos que desdibujan la imagen de un buen periodista.
Muchos asumen el reto de escribir columnas o artículos en periódicos para llamar equívocamente la atención, creyendo que apelando a una falsa irreverencia pueden ser mejor escuchados. Digo falsa, porque lo irreverente no tiene nada que ver con lo vulgar y para ser críticos no es necesario rayar en la ridiculez de un discurso populachero, lleno de palabras soeces, creyendo que con esto se es criollo o costumbrista, como si nuestra cultura popular se estructurara a partir de la vulgaridad.
Cada discurso tiene su contexto por lo que no podemos seguir validando desde los consejos editoriales que personas poco formadas en la tarea de escribir utilicen expresiones soeces y desconectadas de una intención periodística seria, que conduzca a la estructuración del pensamiento crítico y no a la creencia de que el rigor periodístico está lejos de un discurso de tolerancia y paz, tan necesitado en nuestro región en la que habitan personas ejemplares quienes merecen leer textos responsablemente elaborados, cargados de un lenguaje lúcido y no desprovisto de equilibrio en sus argumentos.
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Óscar Andrés Ariza Daza