Lo novedoso se opone a lo repetido. El lugar común, la frase trillada, en apariencia denotan desconocimiento. No obstante, cuánto sirven para expresar ideas. Por ejemplo, cuando se dice que la violencia engendra violencia, no se inventa nada, pero resulta irremplazable para hacer un enunciado.
Días atrás la prensa nacional resaltó el informe de la revista “The Economist” según el cual Colombia, Venezuela y Haití son los países más violentos de América Latina. La rigurosidad del estudio puede ser cuestionada, en atención al sesgo que le pudieron haber dado los encuestadores. Se da por descontado que la manipulación informativa es un vicio del mundo moderno. La titulación de las noticias es muestra fehaciente del aserto. Y no se ofendan los amigos comunicadores. Bien saben que se deben a un patrón, a una consigna, a una orientación política, a unos compromisos comerciales, a un convencimiento invencible, a no pocos complejos, a gratuitas animadversiones o hasta la necesidad de hacerse sentir. El cuento de la objetividad informativa, no es sino eso: un cuento. Que entre otras cosas ya nadie se lo cree.
Cuando esto escribo no soy objetivo. Claro, si lo más subjetivo es una columna de opinión. Por eso se firma. Para hacerse responsable de lo que se dice. Cosa distinta son los editoriales o las secciones institucionales, que marcan la tendencia de la dirección del medio informativo. Pero, dicho con todo respeto, dan más vueltas que una rueda de Chicago. Probablemente por la participación de varias mentes, que piensan y escriben distinto. Son como las puertas de doble batiente, van y vienen.
Volviendo al punto de partida, encuentro que la violencia es tema neurálgico y obligado de cualquier estudio en Colombia.
Ensayos, novelas, cuentos, crónicas, informes periodísticos orales o escritos, en fin, toda creación del intelecto está signada por el diario acontecer que está demarcado por la violencia. Las noticias sobre secuestros, asesinatos, suicidios, llenan todos los espacios informativos. Nada escapa a esa realidad.
Las peleas callejeras y algunas acciones de tutela, que tanto alimentan el morbo de los lectores, no son más ni menos que una exaltación de la violencia. Porque con el prurito de defender un supuesto derecho fundamental se exterioriza un resentimiento. La pelea callejera y el pleito judicial son iguales: difieren en que el segundo requiere de abogado para defender la causa, y la primera no siempre cuenta con la presencia de abogados, pues pueden participar por igual emboladores y literatos.
En el plano doméstico son corrientes las disputas violentas en las que las mujeres y los infantes llevan la peor parte. A propósito, el día menos pensado me van a dar mi sopapo por meterme en peleas ajenas, pero no soporto que en mi presencia un adulto golpeé a un menor.
La crisis es tan grande que entre enamorados se dan expresiones violentas. El llamado crimen pasional es la mejor muestra de ello. Pero hay otras manifestaciones igualmente significativas. Nada más hace un par de días un conocido invitaba por celular a su “amiga” a un sitio público donde se encontraba ingiriendo licor. La niña no estaba muy convencida de ir y sacó varias excusas, hasta impacientar al enamorado quien le colgó el teléfono, y enfurecido, dirigiéndose a los contertulios dijo: “Que venga si quiere”. Y no fue.
Luis Augusto González Pimienta