Quien aquí escribe vivió, en la flor de su juventud, los episodios del legendario año de 1968: el brutal aplastamiento de los conatos de rebeldía contra la dictadura comunista en Checoslovaquia -“La Primavera de Praga”-, la masacre, por un régimen político opresivo, de estudiantes mexicanos en la plaza de Tlatelolco, los asesinatos de Martín Luther King y Robert Kennedy, la explosión anárquica del estudiantado francés, el auge del movimiento hippie, el surgimiento, en América Latina, de la denominada “teología de la liberación”, y, en varios países de la región, de guerrillas de inspiración católica y marxista cuyos héroes y mártires fueron el Che Guevara y Camilo Torres.
En aquel entonces se encontraba en su apogeo la aguda confrontación de dos grandes potencias, la Unión Soviética, y los Estados Unidos. Aquella dominaba los países europeos situados detrás de la llamada “cortina de hierro”, ejercía influencia decisiva sobre los países africanos recientemente liberados del régimen colonial europeo, y tenía numerosos simpatizantes en el continente asiático. China, gobernada por la triunfante revolución comunista de Mao, emergía con poderoso ímpetu.
Estados Unidos, cabeza del otro bloque en la “guerra fría”, disfrutaba del respaldo en los países de Europa occidental que habían sido sus aliados en la II Guerra Mundial, y del grupo latinoamericano; Cuba era la solitaria excepción. Un grupo importante de países liderado por la India y Egipto tomaba distancia frente a ambas potencias en el movimiento de los “No alineados”.
Entre la gente de mi generación predominaba la creencia de que el sistema de planificación centralizada adoptado por los países comunistas gozaba de una superioridad neta sobre la economía de mercado practicada en occidente, de modo tal que era simple cuestión de tiempo que esta última colapsara. Esta impresión resultaba reforzada por lo que parecía una clara superioridad tecnológica rusa en la lucha por conquistar el espacio exterior. El lanzamiento de los primeros cohetes soviéticos capaces de orbitar sobre la Tierra, reforzaba esta impresión.
El fin inevitable del capitalismo, pronosticado por Marx y Engels, parecía, pues, inminente, era anhelado por buena parte de los jóvenes que pertenecían a las elites cultas de nuestro país, y visto con enorme angustia por quienes creíamos que no sólo estaba en juego un modelo económico sino, también, un régimen político fundado en la libertad y la democracia representativa. Estaba tan arraigada la visión marxista de la Historia, concebida como un proceso irreversible hacia la sociedad sin clases, a la que esta llegaría conducida por la dictadura del proletariado, que yo mismo me preguntaba para qué iba a servirme una formación jurídica basada en los principios de la libertad política y el respeto a la propiedad privada una vez se produjera el triunfo de la Revolución.
Ya entrados en confidencias añado que había roto con la fe cristiana y militaba en un sereno agnosticismo; fracasado en los intentos de abrazar la causa revolucionaria; tirado a la caneca el psicoanálisis, que también estaba de moda; y no había logrado sintonizarme con ciertas querencias de mi generación: prefería la música clásica (también los boleros) y el ron, al rock y la marihuana.
Todo esto es trivial pero me dejó una concepción liberal de la vida cuyos elementos centrales vale la pena compartir: nadie goza del monopolio de la verdad; cada quien es legislador y, al mismo tiempo, juez de la moralidad de su conducta; el futuro no depende de Dios o del Destino, sino de los hombres; la libertad no puede ser restringida sino para proteger la de los otros; es obligación del Estado garantizar la igualdad en el punto de partida, que no en el de llegada, y un mínimo de bienestar a todos los integrantes de la sociedad. Estos principios conservan, creo yo, plena validez.
Jorge Humberto Botero