Apenas un rumor, ciertamente. Empieza a hacer carrera la tesis del desmonte de la cruzada por la segunda reelección presidencial.
La noticia se ha colado desde la misma Casa de Nariño y como colofón de la insurgencia de los partidos afectos al gobierno a propósito de las declaraciones sin tino pronunciadas por el comisionado para la paz, Luis Carlos Restrepo.
No es nada oficial, pero es ganancia el orear y acercar esa posibilidad no desmentida, sobre todo por estimular el afrontamiento y la resolución de la crisis política que cada hora precipita al país a lo más profundo del abismo.
Liberado de esa pesada carga el gobierno nacional, inequívocamente se ganará en gobernabilidad por un mejor ejercicio del arte de gobernar; ya no se gobernaría para si mismo, obsesión perniciosa que pervierte y empequeñece el poder en vez de engrandecerlo.
Por supuesto, la decisión no debe ser nada fácil para Uribe Vélez al tenor de esa alta popularidad mostrada por las encuestas de opinión; un 80% de favorabilidad hace ver cerca las estrellas, y ello enceguece y engríe a cualquiera.
Además, frentero y controversial como ha sido Uribe Vélez, granjeándose en lo nacional e internacional no pocos enemigos de talla mayor, declinar el poder es como bajarse del tigre sobre el cual se cabalga; encima puede dominarse, pero abajo el tigre se lo come.
Sin embargo, no ha de atribuirse al desprendimiento o a la generosidad la decisión de no insistir en reelegirse; si bien las urnas populares pueden satisfacer la codicia de poder, antes un ‘arroyito’ debe vadearse, la modificación nuevamente del ‘articulito’ constitucional prohibitivo de una segunda reelección.
Uribe Vélez es intrépido y decidido, de ello ha dado prueba a bastanza; contra vientos y mareas bien podría intentar la proeza de lanzarse a tales aguas embravecidas, inclusive sin coequiperos y en una batalla contra el tiempo, que sólo queda el justo para surtir los ocho debates exigidos para este tipo de enmiendas.
Ahí las cosas son a otro precio, y más en la coyuntura actual de pérdida de credibilidad y gobernabilidad en el interior del congreso de la República, la instancia de poder donde se surte el trámite de la enmienda correspondiente, y luego en la Corte Constitucional, que debe impartir la bendición de constitucionalidad.
Aún reconociendo la importancia del mandato Uribe Vélez, sin parangón en más de medio siglo sobre todo por revivir y repotenciar el sentimiento patriótico antes tan alicaído, lo mejor en las actuales graves circunstancias es la recuperación de un liderazgo con autoridad, sólo posible alejado de la voracidad personalista en aspiraciones reeleccionistas.
Colocado como árbitro supremo de una contienda democrática, y empleada la autoridad para cohesionar a la colectividad en rededor de acuerdos fundamentales, vg., la lucha implacable contra el terrorismo, Colombia resurge como el Ave Fénix, y Uribe se catapulta como todo un estadista.
¿Será verdad tanta belleza?
EDITORIAL