Hace varios lustros que participo con alma, vida y sombrero de ese inmenso acto de invocación colectiva que es el Desfile de Piloneras que abre el Festival de la Leyenda Vallenata.
Solitaria, sin tener con quién comentar todo lo que mi espíritu absorbe en esas horas en que circulan las almas de todas las damas, vivas o muertas, de este territorio que se desborda en belleza gracias a ellas, esforzadas mujeres que esgrimen su femineidad como arma para derrotar lo malvado del ambiente creado por los fastuosos machos del terreno, desde entonces aprendí a pensar en poesía.
Hoy tendré que vestir un hermoso traje de Pilonera, que hará las veces de todos los atavíos que jamás he usado en el devenir de esta historia en que transito, tal vez porque he eludido consuetudinariamente pertenecer a cualquier cofradía pública o privada, porque las agremiaciones excluyen, y con eso mi esencia no comulga.
Tengo la hermosa creación lograda por un artista, Carlos Calderón, colgada ante mi vista, y aún no me imagino investida en ella; me siento como una usurpadora.
Así que si usted, esforzada mujer vallenata, me alcanza a distinguir entre las damas que pilan por la Alcaldía de Valledupar, quiero que sepa que no solicité el honor, me fue concedido por obra y gracia de ser la mujer de un funcionario público, transitorio, como todos.
Pero también quiero que sepa, que mi corazón siempre lleva una canción vallenata en cada paso que doy, bajo cualquier circunstancia, me acompaña y hechiza, proyecta mi espíritu allende la Sierra Nevada, donde agonizó y murió una de las mujeres que más he admirado.
Le advierto, lo que mejor bailo es ‘salsa’, pero el porro lo llevo adherido por ancestros, por tanto, tal vez pueda participar del Baile del Pilón, porque la música vernácula repercute en la caja torácica, y todos los humanos tienen una idéntica.
Además, una gran amiga me ha dado ánimo, se lo agradezco, porque hice un examen de conciencia y sí, me lo merezco después de más de veinte años de convivencia, algo de su esencia ha tomado raíces, y de tal manera, que cuando hablo con mis hermanos esparcidos por todo el país, me manifiestan que ya me expreso como vallenata. A mucho honor, la tribu me ha aceptado, entonces puedo dar las gracias como los de aquí y como los de afuera, me han otorgado un pasaporte vallenato, universal.
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Silvia Betancourt Alliegro