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Ensanchando el lenguaje
24/04/2008

“El exceso de razón engendra monstruos”.
Francisco de Goya

El final del verano llegó y eso en algunos produce cierto júbilo, como si las lluvias sofocaran este infierno. Yo sigo escribiendo asfixiado por el calor, así que me cuesta ensamblarme con esa emoción. Los que vivimos sofocados, según parece, no estamos contentos. Además, el cuento de la felicidad ya no hay quien se lo coma, ha perdido toda su credibilidad. Tengo las motivaciones habituales para renegar de esa mala costumbre de aferrarse a lo impalpable en un mundo en donde ¡Tienes luego existes!

Pero no quiero centrarme en esas banalidades que normalmente empujan hacia la rabia, sino en una novia que tuve hace años, que se pasaba la vida vomitando críticas que al recordarlas hoy me resultan bastante estúpidas, sobre todo teniendo en cuenta el entorno en el que se desarrollaban. De lo más risible era su indignación ante las masacres idiomáticas que según ella se cometían impunemente por todas partes.

La ofendían, por ejemplo, los vendedores ambulantes que voceaban - “Acérquesen o demen”- y su paradigma de avanzada para contrarrestar esa ignominia consistía en procesar a los que atentaran de cualquier manera contra nuestro lenguaje. Me imaginaba al grupo elite encargado de capturar y procesar a todos los infractores que habían dicho, en pleno discurso público: “en base con”- en lugar de: con base en.

El idioma sigue explayándose mientras mi ex novia, una muchacha con mentalidad pueblerina, posiblemente aún pretenda que la comunicación obedezca a lo que superficialmente se entiende como un concepto preestablecido.

Seguramente ella no sabe que ese dictamen no excluye a la jerga generada por y para aquellos que debemos resolver a diario problemas de expresión por nuestra cuenta. Gente a la que, como a mí, oír la verborrea producida durante una pelea entre locas produce un efecto de diminuto orgasmo, o que simplemente se divierte al leer en un anuncio escrito por algún tendero paisa “ce bende ñame; Si ai queso”; en donde la “b” de “bende” adquiere una potencia mayor a la de cualquier slogan y en el diptongo “ai” la equivocación desencadena una serie de asociaciones similares a las de una obscenidad que morbosamente nos atrae, algo así como una contrariedad que compone inconcientemente un delito evocador.

No hay que ser muy inteligente para entender la necesidad que alguna gente tiene de refugiarse, quizá obligatoriamente, bajo el escudo que por quedar más cerca cree que es irrompible y hasta me parece bien que tenga un lugar especial ese espasmo irracional cuando se experimenta la ironía de lo inalcanzable, la conciencia existencial, la oportunidad perdida o la certeza de lo absoluto, que hace que desde siempre las cosas, incluido nuestro idioma, se hayan venido ensanchando, a pesar de la masiva oposición de millones de personas iguales a mi ex novia, una ensoñadora cuadriculada, una retrógrada de mierda.

Jarol Ferreira
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