“El coordinador de disciplina encontró a un estudiante, menor de edad, con una escopeta en su maletín,”, “Un menor fue atrapado por la policía, cuando extorsionaba a una compañera de clases.”, “Dos menores de edad asesinaron a su profesor, por estar perdiendo la asignatura regentada por la víctima.”, “Un joven de 15 años asesinó a su primo de 7 años, cuando manipulaban una escopeta.”
Estas y otras noticias sobrecogen diariamente la capacidad de asombro del colombiano medio que, atónito, se pregunta: ¿Qué está pasando en el país para que estos aberrantes casos ocurran? ¿Qué está fallando en la formación de los niños y adolescentes? ¿Qué falta en el hogar, en la escuela, en el colegio? ¿De qué fallas adolece la legislación, para que la ocurrencia de estos hechos quede impune y, por consiguiente, se repita? Las causas son tan graves como las consecuencias y no es difícil detectarlas; el problema surge cuando de aplicar los correctivos se trata. La primera y más significativa de estas causas la constituye la pérdida de valores axiológicos. Si los padres carecen de ellos, ¿cómo van a trasmitirlos a los hijos? Nadie puede dar de lo que no tiene.
Desde hace años estamos viviendo una situación que, eventualmente, pareciera progresar de manera acelerada, con cambios sociales de profundo calado. No sólo en los aspectos estructurales, en los que nuestras sociedades han experimentado (a veces para mal, en ocasiones para bien), una auténtica revolución. También en la dimensión cultural, los modelos y formas de relación de la colectividad, y de los grupos que la integran, se están viviendo intensas transformaciones.
Los modelos de socialización, los roles, la jerarquía dominante de valores, las fórmulas de interacción, las expectativas ciudadanas, la naturaleza y funcionalidad de los grupos, las estructuras familiares, todo vive un proceso evolutivo. Se han abandonado, o son severamente cuestionadas, formas históricas de la dinámica social sin que, en algunos casos, queden claras las alternativas. Tal vez por el menosprecio a la enseñanza de disciplinas tendientes a la orientación de la conducta del ser humano, como ser social.
En el epicentro de estas transformaciones, a veces sufriéndolas y más frecuentemente representándolas, los niños y los adolescentes aparecen como un claro elemento de significación. Ya que ellos toman como ejemplo, en toda su ambigüedad, la dinámica del cambio; ellos son producto de una crisis de la socialización y de la representación de la misma, son agentes de inquietudes sociales y depositarios de ansiedades desplazadas, son sujetos y víctimas de muchos desajustes sintomáticos del funcionalismo social; desajustes que se han convertido en paradigmas del cambio y de los asuntos insolutos. Por eso, los niños y los adolescentes son la diana de múltiples miradas y, por tanto, deben ser el horizonte de una reflexión crítica sobre nosotros mismos. Sobre todo, porque son en parte frutos de nuestra creación y, más aún, porque representan el colectivo futuro.
Actualmente, en la sociedad existen muchos niños y adolescentes que no están adaptados al entorno donde se desenvuelven y esto es debido a causas de distinta índole. Las necesidades personales y sociales del niño o del adolescente surgen, a partir de su desarrollo, como características propias de esta etapa de su vida y del tipo de sociedad en que vive, a la cual se espera que se adapte y contribuya; pues, de acuerdo al estilo de vida social que lleve, así será su papel en los diferentes ambientes donde deba adaptarse, tales como el hogar, la familia, los estudios, la religión y, más tarde, lo concerniente a la comunidad y al mundo empresarial. Todos estos ambientes, en muchos casos, con excepción del último, han constituido parte de sus experiencias infantiles.
La familia, el colegio y el medio en el cual se desenvuelven el niño y el adolescente, son tres elementos del sistema social que están en constante comunicación; cualquier incidencia en alguno de ellos tendrá repercusión en todo el conjunto. El primer y mejor agente de socialización lo constituye la familia, pues, a partir de ella, se desarrollan normas de conducta en su relación con los demás, al igual que las costumbres, los valores dominantes de la sociedad, los modelos en general y su interpretación en función a la clase social, la cultura y la subcultura a los que pertenezca; todo lo cual, hace que el niño o el adolescente aprenda y asuma roles, hábitos, normas, costumbres, actitudes y tradiciones de la sociedad y la comunidad, a través de una evolución del aprendizaje creciente, llamado proceso de socialización.
No obstante, el desarrollo de la personalidad del niño o del adolescente es el resultado de la estructura y la dinámica de la familia, donde la conducta social y la personalidad de aquél en su medio, serán el reflejo de los modelos que le influyan los padres en su clima familiar, de acuerdo a la sociedad en la que vive y el medio en el que se desenvuelve.
Gustavo Rodriguez