A Natalia la degollaron porque, a sus seis años, "era una amenaza que se volviera guerrillera en el futuro".
En Argentina los militares que desaparecieron, torturaron y asesinaron a militantes y simpatizantes de la izquierda, no mataron a los niños, pero se los arrebataron a los padres y ellos mismos los adoptaron para que, al crecer, no se volvieran comunistas.
En el período de la Violencia, los bandoleros conservadores y liberales llegaban a los pueblos o a las casas campesinas, como arcángeles de la muerte, para acabar con los godos o con los liberales. En uno u otro de estos casos, los asesinos sentían que su misión era desaparecer al enemigo real o potencial.
Son prácticas bárbaras que la justicia colombiana busca sancionar ejemplarmente, al ordenar la captura de 15 militares por la masacre de San José de Apartadó, el 21 de febrero de 2005. Según el testigo Jorge Luis Salgado, el argumento utilizado por los militares y paramilitares que mataron, decapitando y descuartizando, a 8 adultos y a 3 niños, fue su real o presunta cercanía a la guerrilla.
El general Freddy Padilla proclamó ante la prensa su deseo: "que este proceso se aclare y brille la justicia". No podía decir menos, pero sí debió decir más, porque no se trata sólo de sancionar a éstos -si se los hallare culpables- sino de prevenir los estragos que hace la idea de que alguien debe morir cuando se sospecha su cercanía con el enemigo. Víctimas de ese prejuicio fueron los más de 156 habitantes de San José que fueron asesinados en 10 años.
Natalia, de seis años, degollada porque podría llegar a ser guerrillera no fue la última víctima de esa aberración de la mente, pero sí la más dramática demostración de que un prejuicio mata.
En un intento prematuro de defensa de los militares acusados como autores de la masacre, el ministro Uribe Echavarría contribuyó al prejuicio: "las Farc, dijo, han utilizado las comunidades como refugio y San José de Apartadó no ha sido la excepción". La acusación no probada, se oyó cuando en San José aún lloraban a las víctimas. Tres años después, las evidencias están demostrando que la masacre fue cometida por militares y paramilitares y que fue temerario el Ministro al afirmar, entonces, que "las acusaciones contra el Ejército Nacional son falsas". Cojeó pero llegó la justicia para exigir rectificaciones.
No son sólo los soldados de cerebro lavado o tenientes o capitanes fanatizados. El fanatismo no respeta jerarquías y se vuelve de alta peligrosidad cuando cuenta con el apoyo del poder.
Por esos días la comunidad de San José escuchó la reiteración de las acusaciones del Ministro: "algunos de sus líderes (los de San José de Apartadó) están seriamente señalados de auxiliar a las Farc y de querer utilizar a la comunidad para proteger esta organización terrorista". La misma acusación que había movido a los asesinos, estaba en boca del presidente Uribe en el consejo de seguridad de Carepa, del 19 de marzo de 2005, todavía no había pasado un mes después de la matanza.
Horrorizados e indignados, los habitantes de San José pudieron entender que el presidente legitimaba la matanza y propiciaba otras en el futuro; fue una interpretación ligera e injusta, pero con bases reales. Lo que en boca de un gobernante o de un político honestos, es un concepto o una afirmación general, en aquellos 15 militares y sus paramilitares acompañantes pudo ser entendido como una misión de matar para arrancar la raíz envenenada, y de descuartizar y decapitar y dejar los cadáveres a merced de gallinazos y cerdos, "para que vean lo que a ustedes les puede pasar".
El fanatismo es más peligroso que las bombas de los terroristas. Éstas explotan una sola vez, el fanático puede armar centenares de bombas o inducir a miles para que las armen y hagan explotar.
No basta, pues, que se apoye a la justicia, que es la contribución mínima que las Fuerzas Armadas pueden dar; el verdadero peligro está en la mente de los fanáticos capaces de degollar a una niña "porque podría llegar a ser guerrillera".
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Javier Dario Restrepo