Cuando concebí la idea de escribir este artículo, lo pensé bajo el título ‘Habitantes de fronteras’. Pero luego del gran concierto musical dado por Juanes y otros artistas en el puente internacional ‘Simón Bolívar’, sobre el río Táchira, me ha parecido más a propósito el título emblemático concedido al evento, por la coyuntura, que evidentemente lo ha inmortalizado y a la razón de ser del mismo.
Fronteras. Significamos la línea territorial longitudinal y más o menos ancha, que separa, o junta, a dos o más Estados, donde parte de cuyos nacionales allí conviven permanentemente y otros transitan con frecuencia, relacionados ordinariamente entre sí mediante vínculos afectivos de carácter familiar y/o comerciales.
De tal suerte que dicha población y territorio conforman como un país propio, diferente y distinto del resto de sus respectivos conciudadanos. Por tanto, se les debería reconocer por las legislaciones nacionales de tales países interesados obligaciones y derechos autóctonos.
La reciente cumbre del Grupo de Río reunida en República Dominicana, dirigida magistralmente por su Presidente, produjo acuerdos satisfactorios enderezados a superar el impasse creado por la violación, recíprocamente, de dos “soberanías” : La territorial (añeja pero vigente), de Colombia al Ecuador y la de seguridad nacional y legitima defensa (de actualidad en algunas fronteras mundiales calientes), por un grupo rebelde de colombianos, que actúo desde el territorio ecuatoriano, y cuya existencia allí, aparentemente, no era ignorada por el gobierno de ese país.
Los incidentes tuvieron como consecuencia inmediata explosivas y emotivas declaraciones de los presidentes del Ecuador, Venezuela y Nicaragua, las de estos dos últimos en solidaridad con el primero, quienes suspendieron las relaciones diplomáticas con Colombia, llamando a sus embajadores y deportando a los nuestros de sus Estados, cerrando, además, el paso del comercio internacional. Considero que los mandatarios han debido activar inmediatamente los mecanismos de soluciones diplomáticas, lo que, después, evidentemente, logró el Grupo de Río, pero nunca disponer, con absolutismo discrecional, las medidas de hecho y de fuerza, que tomaron, y con las cuales impacientaron los ánimos nacionales y causaron enormes perjuicios económicos, a los habitantes de las fronteras y más allá. Pues las naciones tienen legítimo derecho a que sus fronteras sean abiertas y a vivir en paz.
Pienso aquí en la Europa de las guerras y el atraso, antes y ahora en la Europa de la Paz y el Desarrollo, por lo menos material. Los hombres estamos obligados a aprender de la historia para que no repitamos los mismos errores. Ya lo decía Marco Tulio Cicerón: “La historia es maestra de la vida”. Bueno, pocos años después de terminada la segunda guerra mundial, en Europa surgieron unos lideres excepcionales, que trabajaron arduamente para persuadir a sus respectivas comunidades nacionales de la necesidad de crear unos organismos comunitarios, políticos y comerciales, para mantener la Paz, construir y desarrollar un ámbito común de cordialidad y negocios. La OTAN, el Parlamento Europeo, el Mercado común de Europa, son algunos ejemplos.
A la cabeza de esos líderes estuvieron hombres como Robert Schuman, Alcide de Gaspari y Adenauer, quienes por la experiencia vivida en la dos conflagraciones mundiales habían llegado a la conclusión de que las naciones por sí solas son incapaces de resolver sus crecientes problemas, así sean muy poderosas e influyentes, sino mediante la cooperación entre sí, guiadas por un mismo espíritu e intereses comunes, con sinceros deseos integracionistas más no expansionistas, absolutamente respetuosas de no interferir en la libre determinación política interna de cada una de ellas. De alguna manera, tratemos de imitar el ejemplo de aquellos hombres y esas instituciones.
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Rodrigo López Barros