El celebrante comenzó su homilía dominical inspirado en el evangelio del día; pero el hecho de ese domingo era otro, y a medida que el sacerdote avanzaba en su discurso, yo me enfrentaba a la pregunta: ¿cómo transcurriría el juicio final de Raúl Reyes?
En ese momento ya habían trasladado su cadáver hacia Bogotá, envuelto en unos plásticos negros. Arrastrado por la corriente de mis pensamientos resulté convertido en el defensor de Reyes ante el tribunal de Dios. Digámoslo de otra manera: comencé a orar, con una oración de intercesión por el guerrillero abatido, y al hacerlo obedecía a un sentido de solidaridad con los derrotados.
- No olvides Señor que este hombre luchó toda su vida por los más débiles; siempre pensó en los pobres, quiso cambiar la historia de este país para que fuera más justo. Lo recuerdo en aquellos diálogos de paz cuando reclamaba una reforma agraria. En este momento se levantó otra voz que interrumpió mi encendida defensa. Y la voz decía con ironía:
- ¿Era servicio de los pobres el bombardeo con cilindros a poblaciones campesinas? ¿Había amor por los demás en su justificación del secuestro? ¿Alguien que haya escuchado los testimonios de los que lograron salir del infierno del secuestro, puede ignorar esa tortura de años para decir que este era un hombre generoso?
- No sé si era mi voz interior la que oía, pero ya en función de fiscal, porque otra vez me oí como defensor: ¿cómo olvidar que este hombre renunció a todo? Igual que un monje vivió gran parte de su vida entre las incomodidades y la austeridad heroica que impone la vida en las selvas y en la clandestinidad. Había renunciado a la tranquilidad y aceptó la incertidumbre permanente de la guerra, para obedecer a un ideal político. Monjes y eremitas lo hacen por amor a Cristo, el guerrillero lo hace por un ideal político que, en último término, es de solidaridad con los más débiles de la sociedad.
- Pero es un ideal que se pervirtió, interrumpió de nuevo la otra voz. No me cabía duda: las dos voces surgían de mi interior.
- Es un ideal que pervirtieron el dinero y el poder. ¿Cuánto dinero pasó por las manos de este hombre para comprar armas, para movilizar combatientes, para mantener aceitada una maquinaria de destrucción y de muerte? ¿De dónde procedía ese dinero? ¿Puedes ignorar que era dinero de la droga, por tanto, parte de la cadena que finalmente aprisiona y destruye a los viciosos? Ese dinero, recuérdalo, también había sido obtenido mediante la extorsión o el despojo. Él alegaba razones de guerra y lo llamaba impuesto de guerra, pero en últimas era eso: un despojo violento. ¿Cómo puede pensarse que en un hombre así haya bondad?
Siguió un silencio de perplejidad y de duda que interrumpí, dirigiéndome al Juez Supremo:
- ¿Has hallado Señor un solo hombre que no haya pecado? Todos llevamos esa mezcla de verdad y de error, de bondad y de malicia, que se dieron también en este hombre. Pero este es uno entre los que se atrevieron y lo arriesgaron todo porque no se resignaron frente a un orden opresor. Cuando casi todos aceptaron, con un sentimiento cobarde de impotencia, que así había sido siempre, éste fue parte de una minoría abrahámica que ha decidido apostarlo todo al cambio de ese orden. Tú sembraste en este hombre esa semilla de inconformidad y ese aliento para cambiar las cosas, ¿por qué condenarlo ahora?
- Ojalá los secuestrados hubieran tenido una defensa así, me oí diciendo. Ojalá alguien hubiera intercedido así por aquellos diputados asesinados por la espalda cuando se lavaban los dientes. Ojalá hubieran encontrado una voz amiga en su soledad, los guerrilleros fusilados. Es imposible hacer oídos sordos a las voces de las víctimas con el argumento de que era necesario para llegar al poder.
A esta altura de mis pensamientos sentí que estas voces contradictorias me hundían en una irredimible confusión.
Dios debió sonreír paciente y comprensivo ante mi tormentosa oración por Reyes. Por que ¿quién soy yo para pretender recordarle algo a quien conoce como nadie lo que hay en el corazón de cada hombre? ¿Y quién soy yo para juzgar a nadie? Él es el único juez y yo solo puedo ser juez de mí mismo y de nadie más.
Este pensamiento acusador y agobiante silenció las voces interiores y borró el escenario de tribunal que yo había imaginado. El celebrante seguía en su homilía.
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Javier Dario Restrepo