Hace algunos días se cumplió un aniversario más del asesinato de Diomedes Daza Daza, pero no de su muerte. Aún no ha muerto. Al contrario, como el árbol en la selva que no se ve, crece en los recuerdos y en el reconocimiento de sus contertulios, los poetas, los escritores y lectores que lo leyeron, los abogados con quienes contendió en las litis y en los estrados, de quienes con él compartieron la pasión febricitante de los gallos o la aristocrática dedicación a los nobles caballos finos de pasos armoniosos y de quienes, como yo, lo conocimos entrañablemente como amigo sin par, como el Rolando de nuestras gestas tropicales y como el gran orador de las ultimas generaciones cesarenses.
Él y Esteban Bendeck Olivella tuvieron el don de la palabra en la cátedra y en la tribuna. Diomedes podría hacer uso de la palabra durante horas, y a pesar de usar el tono vibrante siempre mantenía el contenido filosófico y doctrinario de sus elocuentes exposiciones. Hombre de izquierda, conocedor de la sicología y de la historia, oírlo era un deleite y el compromiso de seguirlo analizando después.
Nuestra amistad él la mantenía como de padre a hijo y yo con él como el hijo que ha superado al padre en todo sentido. Aún no sé qué sentía más, si aprecio o admiración. Diomedes era un erudito. No sé cómo hacia para profundizar en todo. Por ejemplo, su conocimiento del Código de Bello era increíble. Lo apasionaba el derecho civil y lo sabia a bastanza, seguramente porque el Código fue traducido por Bello y a Diomedes le apasionaba y sabía mucho de gramática. ¡Poeta al fin!
Lástima que le tocó una época en que la juventud de estas landas se inclinó más por el vellocino de la plata, el oro y las armas y no por las satisfacciones del espíritu. Pero por eso mismo, cuando todo retorne a la normalidad, su nombre y su ejemplo crecerán como árbol corpulento y florido.
Pero si vale la pena que los poetas, escritores, galleros, caballistas y amigos de Diomedes nos propongamos editar sus obras aún inéditas, y de una vez postulo el fecundo e inspirado José Atuesta Mindiola para presidir o dirigir la cultural misión.
Aníbal Martínez Zuleta