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La formación en valores: fruto de las vivencias
27/08/2007

Está claro que nuestro país y la sociedad en general no sólo necesita jóvenes bien cimentados en ciencias sino también buenos ciudadanos.

Así pues, en los niveles de la educación básica y media no sólo se debe transmitir contenido académico. También le compete al sistema educativo inculcar y transmitir valores a los estudiantes, manifestado esto en la Ley General de Educación 115 del 1994, en la Agenda Ciudadana de Educación del 2002 y en los objetivos del milenio.

Los maestros y padres reconocen los esfuerzos y el especial énfasis que en los últimos años se le ha querido dar a la educación para garantizar en ella la calidad; pero, además de debatir sobre los programas y sobre estrategias metodológicas, el poder ejecutivo, los directivos docentes y docentes, deberían preocuparse por llegar a acuerdos sobre como formar personas de bien.

Aunque hay algunos ciudadanos que piensan que se debe volver a dictar la clase de ética, urbanidad o volver a institucionalizar la Urbanidad de Carreño, esta comprobado que la solución no esta en dictar mas clases de este tipo; sino, que los valores necesarios deben ser asimilados desde la convivencia en las instituciones educativas a través del trato cotidiano entre los docentes, los empleados de las instituciones y de cada uno de ellos con los estudiantes; pero, sobre todo en los hogares y el vecindario.

El respeto, la solidaridad y la tolerancia, seguidas de la resolución de conflictos mediante el diálogo, el trabajo en equipo y la capacidad de comunicarse y de escucha; son entre otros los valores que deberían vivenciar los niños y jóvenes para poder conseguir que ellos se responsabilicen por sus estudios, se involucren en su aprendizaje, comprendan su realidad, realicen cambios en su vida en la continua búsqueda del querer aprender, del querer hacer, del querer convivir, del querer crecer sin ofender al otro, del querer hacer el bien.

Pero la responsabilidad de la formación en valores no sólo es de la institución escolar. Los estudios realizados en este sentido reconocen que hace falta mayor conciencia en las familias sobre su importante papel en la formación de sus hijos, pues los niños y los jóvenes no se forman únicamente en las instituciones educativas. Esto hace necesario que exista mayor comunicación y colaboración entre la familia y la escuela. Según se percibe, la cooperación entre la familia y la escuela ya no existe; pero, es fundamental recuperarla si se quiere formar a los niños no solo en lo académico, sino también en lo humano.

En conclusión, el asunto no es de más cátedra, la solución está en la unidad filosófica que debe existir entre escuela y familia. No se puede olvidar que por principio la formación inicial nace en el hogar; así pues, la tarea es de establecer acuerdos entre el hogar y la escuela para poder permitir que la orientación de los niños y jóvenes sea integral, de lo que tanto se ha hablado en la última década.

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Wílmer Galindo Ospino
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