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Crónica de un viaje a Regidor (II)
30/05/2008

Por Ubaldo Manuel Díaz*

Trascurrió otra media hora y al fin salimos en una enorme canoa de 40 caballos de fuerza que rompía pausadamente el Magdalena. Navegábamos, creo que a cinco holómetros por hora. En ese trayecto nadie se dirigió la palabra, sólo se escuchaba el ronroneo del fuera de borda y uno que otro parroquiano insultando a otro por celular.

Me di cuenta que los que hablaron en ese trayecto fungían o mejor, ‘chicaneaban’ a ser jefes, ganaderos, gerentes. Siempre dando órdenes. Jamás se escuchó, la frase. “Sí señor, como usted diga”.

Como corsarios y filibusteros, los hombres que estaban en la estación bodega entraron a la enorme canoa ofreciendo sus servicios desde mototaxis hasta la famosa tortilla de huevo. El sol empezaba a caer como plomo sobre mis espaldas. Al lado y lado de la vía se veían los árboles de mangos cargados con sus frutos amarillos como pepitas de oro. De ahí en adelante fue jugo de mango hasta en los sueños.

Mompox, patrimonio histórico de la humanidad. En ese pueblo el ambiente estaba enrarecido por el rifirrafe que se había formado entre el curita del pueblo y los miembros de la Academia de Historia por la adjudicación de unos templos a la Diócesis de Magangué. Ahí pernocté. Por la tarde recorrí sus calles coloniales, en ese sitio el tiempo se había detenido.

En el portal de la marquesa dos abuelos parlaban sentados en unas mecedoras mientras caía la tarde. Desde una buhardilla observé la habitación donde el libertador hizo siesta con Manuelita Sáenz.

“Tarde te amé hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé, yo te buscaba fuera y tu estabas dentro de mi.” Estaba en el convento de los agustinos. Un libro de las confesiones de San Agustín reposaba en una banca y justo lo abrí en el párrafo anterior. La brisa tenue que entraba por la ventana proveniente de la albarrada, acariciaba mi cabellera. En ese estado de recogimiento cerré los ojos y pensé en la conversión del hijo de Santa Mónica.

A la mañana siguiente salí bajo una llovizna tenue. Perdido en medio de la nada y metido entre lodazales le pregunté a un baquiano: ¿A cuánto tiempo está El Banco, Magdalena?, a 15 leguas- me respondió. ¿Y cuánto son 15 leguas? volví a preguntarle. Se quedó mirándome y esbozó una tímida sonrisa donde fulguraba un diente de platino: ¡a tres tabacos! Fue su respuesta. Arribé al terruño del maestro José Barros bajo un diluvio universal, irreconocible por el barro que llevaba encima. Un conjunto de gaitas y tambores calentaban esa lluviosa mañana.

III

Un hombre diminuto parecido a un muñeco de cera, con pequeños cráteres en su rostro producto de un acné juvenil, un personaje sacado de los cuentos de Dickens. Luchaba y cavaba en medio de un pantano para sacar un camión Kodiak sumergido completamente.

El conductor, un hombre de barriga prominente que sudaba copiosamente aceleraba y aceleraba una y otra vez el motor diesel. El camión se hundía cada vez más. Se bajó y dijo:

“y así quieren que votemos por ellos”. Yo pensé: definitivamente no ha sido el mejor día para los políticos. A estos hombres les toca tener dos progenitoras: una de caucho y otra de verdad.

El hombre del cuento de Dickens le daba órdenes a su secretaria, una cachorra fornida de piel cetrina, con el cabello recogido y una gorra encima que anotaba la placa de los carros. Después de media hora, el camión pudo salir. El diminuto hombre se zambullía en las oscuras aguas para largar el barro. El radar como se llamaba el ferry partió silencioso.

Yo iba tendido, exhausto sobre la enorme cubierta, mirando un get plateado, fulgurante como una hoja de cuchillo cruzar el cielo azul magdalenense. Cuando me di cuenta la secretaria estaba alistando una motobomba. ¿Marta, ya te celebraron el día? ¿Qué día? me dijo sin dejar de arreglar la motobomba. El Día de la Secretaria. - Para nada, hoy todo es trabajo-. Me contestó. “el Día de la Secretaria es todos los días” intervino el hombre diminuto desde el agua, mientras se echaba hacía atrás, ensayando el nadado estilo mariposa.

El radar era el nombre de donde Marta era secretaria. Cuando leí “radar” pensé que tendría un dispositivo satelital GPS. Le pregunté al muñeco de cera que ya había salido del agua y devoraba un pescadito frito con un pedazo de yuca encima: ¿por qué el nombre de radar? Sin decir nada colocó su diminuto cuerpo tapando la letra R y con el léxico de un optómetra me dijo: lea.

¿Qué dice ahora? Yo me incorporé y leí en voz alta: Rada. El muñeco sonrió y dijo: “se llama radar porque nosotros somos de apellido Rada. Este ferry es de mi hermano y mío”, manifestó a un mastodonte sin camisa, calzado con botas industriales que maniobraba el timón de manera magistral. Cuando tocamos tierra le dije a Marta: “feliz Día de la Secretaria”. Tal vez no me escuchó porque ya se había iniciado el tableteo de la motobomba que succionaba el agua del ferry con una gruesa y estriada manguera parecida a la trompa de un elefante.

La tarde iba cayendo, el crepúsculo ofrecía un cielo incendiado con girones mandarinas parecidas a una pintura impresionista. Ahí al otro lado del río estaba Regidor. Los ecos lejanos de la canción ‘Sacrifice de Sir Elton John’ se estrellaban en mis oídos. Estaba ansioso y un poco temeroso.

Por lo que había escuchado, esperaba encontrarme con la bestia apocalíptica de las siete cabezas. Ya me había encomendado a la protección del Mono de Nazaret. Muchas personas estaban esperándome, entre ellos un niño desarrapado de mirada limpia como la de Dios que corrió en medio del tumulto y me abrazó.

Con un nudo en la garganta, y una sensación de desamparo atravesé el muelle donde estaba la imagen de un prócer con un descascarado casco de moto sobre la cabeza. ¿Quién es el?, pregunté- ¡Es Bolívar!, me respondieron al unísono. Y por qué lo del casco?, preguntaba mientras caminaba. ¡Porque Bolívar es mototaxista!, me respondió un morocho desde su moto destartalada. La risotada estruendosa que se escuchó se oyó por todo el río Magdalena. Me tocaron el hombro y vi que era un anciano que me decía: Bienvenido a Regidor, padre.

*Sacerdote de la Diócesis de Magangué, Bolívar. Ganador del anterior Concurso Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca.
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