Por Ubaldo Manuel Díaz*
Eran las 5 y 30 de la madrugada. Afuera se escuchan los pitos de las motos y el sonido deslizante de los primeros carros que rompen el silencio de las calles magangueleñas.
Está amaneciendo. Hay una aurora azulada como muchas de las que contemplé en las tierras del cacique Maganguey.
Veo mi pequeño morral que alisté la noche anterior para mi nuevo camino. Para consolarme un poco escucho desde mi radio descascarado el poema hecho canción de Antonio Machado “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Por el humo blanco que ayer vi salir de la catedral de Magangué se que “habemus párroco” para este nuevo municipio ubicado en la conflictiva zona del sur de bolívar en reemplazo del sacerdote que le tocó oscurecer y no amanecer por las amenazas contra su vida por parte del grupo armado ‘Águilas Negras’.
Ayer lo vi cruzar con sus grandes zancadas una de las congestionadas calles de Magangué con un policía a su lado que se ha convertido en su sombra, este último era un joven taciturno, que tamborileaba los dedos contra la reata de su uniforme que le oprimía la cintura como a un muñeco de trapo. Cuando el padre me saludó, dijo: “y ahora cómo voy al baño” mientras señalaba a su ahijado, les llaman así por el Plan Padrino ofrecido por Uribe a los sacerdotes amenazados. El ahijado seguía silencioso mientras acariciaba la Colt 45 que sobresalía ahogada en su pretina.
Con el concierto de los primeros pájaros me enfilé hacia el puerto de Yatí, tenía que tomar el ferry que me llevaría hasta un punto llamado La Bodega. A medida que me acercaba, escuchaba el ruido sordo, lejano de ese monstruo metálico pintado de amarillo que eructaba por su fumarola cantidades de humo. Cuando llegué al puerto se alejaba. Impotente lo vi alejarse mecido por las aguas del Magdalena como aquel barquito de papel de la canción de Leonardo Fabio. Lo había perdido.
Un vendedor de cosméticos llegaba en ese momento, tendría unos 30 y tantos años, con una chivera ridícula cuidadosamente arreglada, parecida a la de Stalin, vestido de pies a cabeza por una de esas revistas de catálogos. Me sacó de mi contemplación diciendo ¡carajo, lo perdimos!, encogiéndome de hombros y resignado le contesté: “sí, lo perdimos”. Al otro lado de la calle en un kiosco de palma reían unos hombres en un pequeño círculo. El centro de atención era un travesti de ademanes sibaríticos que comentaba desde como peluquear a un hombre, hasta no se que otras cosas. Por sus movimientos descoordinados noté que había amanecido tomando licor.
Desde una casa vecina llegaba el aroma de café tinto. Yo observaba al vendedor cotorrear por celular, seguramente con su jefe, explicándole que no había alcanzado el ferry, que no era su culpa y que por eso las visitas a los clientes se atrasaría. Cuando cortó la comunicación se hizo un silencio. Sin preguntar mi aprobación prorrumpió en insultos: ¡malditos jefes, nunca lo comprenden a uno! Un pájaro surcó velozmente el firmamento como un obús y se metió en las turbulentas aguas del río. El vendedor se arreglaba la chivera que se le había desordenado por el insulto imaginario. Ya más calmado me comentó que venía de Sincelejo para Mompox. Ahora había que esperar a que una canoa nos transportara al otro lado. Mientras eso ocurría empezaron a llegar unos soldaditos al kiosco donde estaba el travesti, que ya mas serio se cuadró y los saludó militarmente. Uno de ellos traía una “chicharra” donde se escuchaba la voz mal sintonizada de Iván en ‘Cheverísima Estéreo’ con su programa el mañanero.
Yo seguía mirando correr las turbias aguas y esperando que el pájaro emergiera. Uno de los soldaditos se sentó en una mesa y ordenó un caldo con cabeza de bagre. Yo observaba que entre cucharada y cucharada su aspecto físico iba cambiando de pálido a verdusco, hasta que los efectos de esa bomba de calorías lo fulminó. Cayó de bruces en la mesa. Un hombre aindiado, seguramente el dueño del restaurante le gritó a su compañero :! llama al Coronel que este hombre se está muriendo! El otro entre aturdido y temeroso le contestó que no. Unas personas le quitaron la camisa, las botas, al azufrado militar abatido por el voltaje de la cabeza de bagre.
Una mujer con cuerpo de foca, de lentes bifocales entraba solemnemente en escena vociferando: ¡que viva la seguridad democrática carajo!! Mientras unos se ganan 13 millones en el congreso, a estos pobres les toca colocarle pecho al monte!.
La chicharra seguía botada en el piso. Ahora el locutor Iván en el intermedio de un interminable jingle que decía “te pone bien”, “te pone bien”, hablaba de datos y cosas curiosas. La dama de los lentes seguía pontificando de los políticos. Por ella supe que el 30 por ciento de los padres de la patria están en la cárcel y otros están haciendo fila para ser investigados.
Si Aristóteles la hubiese escuchado se habría revolcando en su tumba. Mientras tanto el soldadito de la patria era llevado en hombros en un destartalado carro hacía el hospital más cercano. El hombre aindiado lanzó su nuevo advertencia como un oráculo: “a Magangue no lo lleven porque esa joda allá está en paro”. Fueron sus últimas palabras porque el magullado galón partía en esa cálida mañana con el castrense abatido. Abatido por una cabeza de bagre.
II
Pasaron dos horas y media y la canoa aún no completaba el cupo para salir. Mientras el chalupero le sacaba un líquido amarillento como bilis que destilaba del motor, su ayudante un hombre escuálido, enfundado en una camiseta deportiva donde sobresalía un escudo con un diablo pintado, conspiraba secretamente con otro y nos miraban de arriba abajo para ver qué clase de marrano iban a comer ese día.
Me llamó aparte y como si en esa frase estuviera contenido el secreto que salvaría al mundo me dijo, ¿cuánto nos dan y los pasamos ya? Yo miré a mi compañero de viaje y sin inmutarse le dijo: ¡no, gracias, mejor esperamos, yo los conozco a ustedes! Su rostro se enrojeció como su camiseta. Refunfuñando se alejó filosofando sobre la tacañería, buscando la aprobación de sus compinches que también querían participar de la chicharronada.
*Sacerdote de la Diócesis de Magangué, Bolívar. Ganador del anterior Concurso Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca.