La poeta Matilde Espinosa
Matilde Espinosa de Pérez, una de las escritoras de poesía más reconocidas de Colombia, falleció en Bogotá el pasado 18 de marzo. Su última publicación ¿Uno de tantos días?, la presentó el año pasado a sus 97 años. Hoy el S.C, rinde honor a su prolífica obra literaria.
(Fragmentos de un texto de Mario Rivero en homenaje realizado en la “Casa Silva de Poesía”, Bogotá, 15 de junio de 2006.)
A partir de su primer libro “Los ríos han crecido”, publicado por la Editorial Antares en 1955, Matilde Espinosa se separa del lenguaje lírico y meramente confesional en que se expresaban en aquel momento las mujeres poetas de Colombia, para comenzar a construir su poesía, ya como un acto creador estético y lleno de fuerza trascendente.
Con osadía y originalidad, insumisa a cánones y a género, Matilde Espinosa rompe los hierros de la jaula femenina, y se orienta con toda naturalidad hacia otros polos de mayor aliento, de mayor importancia intrínseca. Accede incluso, ya de sus inicios, a esa otra arquitectura musical del verso, desde su propia ley rítmica moderna, comportando así, estilísticamente, valores y aprendizajes más altos y de mayor universalidad.
Como figura estelar de la poesía colombiana, Espinosa se abre a la cultura del mundo, sin jactancia, pero sin complejos. Capaz de construir un razonamiento filosófico y, a la vez, de entregarse a esta gran pasión de su vida, a la que le rendiría todo: el absorto idioma de la poesía; pero asumida como acto de reflexión, como forma sensible del pensamiento, no como el ornato o distracción, que azulaba por entonces los oscuros contornos del gueto femenino. Desde el horizonte colectivo de aquel su primer libro, de frente al duro espejo de la realidad que nos aqueja, con la pena de la primera violencia colombiana al fondo, su palabra, solitaria, se alza como la forma más acabada y limpia de protesta. Y no de un modo programático, sino desde la emotividad más profunda. Convocando las imágenes con sabor a sangre, de aquellos perdidos caseríos cuando los ríos de la patria acrecían su caudal por las masacres, y el aullido de la tragedia era una tensa sirena que alertaba el aguijón de las venganzas.
Ciertamente hoy podría decirse que nada de lo humano le es poéticamente ajeno a esta palabra que no se ha debilitado en su ejercicio de más de 50 años. Que, incluso, se ha redimensionado de una manera que parecería abolir el tiempo. Hay un pulso de vida casi milagroso en la lozanía magnífica del talento y del oficio, en esta mentalidad siempre joven, a pesar de su complejidad, y en esta visión estética amplia, abierta, capaz de mirar siempre hacia delante.
Catorce libros de poesía publicados han dado su justo lugar a Matilde Espinosa dentro de las letras colombianas. Más allá de los comunes comportamientos femeninos nacionales, propone a nuestra poesía femenina una visión más honda y reflexiva, un cambio de actitud de la mujer poeta, ante la poesía, y ya en una plena anulación de la posible diferencia, dando a su poesía el sentido de la gravedad de la palabra…...
Recién venidos
Las palabras se escapan
pero el alma es tan cierta
como la gota de agua
que me sigue mirando.
El habla nos traspasa
y la imagen trasciende
a lo desconocido.
Las paredes del mundo
son muros de piedra que duelen.
Nos conturban los soles violentos;
el asombro, el milagro,
el murmullo, frontera
que orienta los pasos
a la estancia de algún
paraíso perdido.
Somos los recién venidos
pulsando el recuerdo
en la hora implacable
que se vuelve de espuma;
en el aire y en el pecho
toma forma de largo camino.
Somos los recién venidos
cultivando los sueños
viendo correr el torrente de lluvias
que maltrata las rosas
desde la luz hasta el primer sollozo.
Llueve
En esta embarcación
sin madrugada
llueven las sombras.
Se derrumban
los reinos del amor
y vuelan las mariposas blancas
como flores silvestres.
Tras la nube más negra
se concentran los vientos
noticiosos, sedientos, llueve.
Desfilan los recuerdos;
historias de pasión con incendios,
temblores o viva muerte.
Mágicas visiones en el aire
ruedan a la tiniebla, llueve.
En esta embarcación sin madrugada
no hay recobro posible;
cerrado el horizonte, llueve.
Uno de tantos días
Me sumerjo
en las claridades nocturnas
para entender mejor el medio día.
Umbrosa recojo las pavesas
de quienes fluye el asombro
debajo de las frondas crepusculares.
Alas angélicas o simplemente desvaríos
de una infancia que empezó con el tiempo.
Distraída busco la esperanza
sobre los pliegues del día lento
como el vuelo del pájaro que pasa.
Los árboles se agitan
y sorprende el mensaje tímido y sudoroso
del instante.
Por la insistencia de saber
que los días se van
con sus oros deshechos y sus danzas festivas
donde mueren las rosas.
Todo magnificando la soledad
floración de congojas altiva incertidumbre
de tener otra vez esas gotas
de sol entre las manos.