Por: Nurys Pardo Conrado
No me sorprenden los motivos que a diario se dan en Valledupar y otras ciudades de la Costa Caribe, en donde policías y moto-taxistas se enfrentan, y donde han resultado varias victimas hoy ignoradas, pero esas muertes que enlutan a familias enteras seguirán dándose, si continúa el complejo problema social generador del hecho. Algunos pontífices de la verdad figurada han tildado a los moto-taxistas como desadaptados, revoltosos, delincuentes y otros epítetos más, sin hacer un análisis previo del asunto, visto desde lo primario y hasta llegar a lo complementario, tasando los pro y los contra, mirándolo más como un asunto de necesidad que como lo suponen una actividad rentable para pocos.
Me he propuesto hacer un seguimiento pormenorizado del discurrir diario de la vida de un moto-taxista y me he convencido que soportan la mayor tragedia, son personas que aunque no se crea, dependen de esa ilegal labor, no tienen seguridad social, carecen de vivienda, son catalogados de delincuentes sin prueba alguna que lo confirme, lo hacen por necesidad, el noventa por ciento de ellos, conducen motos ajenas con una tarifa que oscila entre quince y veinte mil pesos, tiene hogares y más de tres hijos cada uno que dependen económicamente de ellos, subsisten de lo poco que logran ganarse, después de pagar las exigencias del propietario, cancelar gasolina, aceite, lavado y en muchas ocasiones, aportar cuotas para que les permitan trabajar sin objeción alguna.






