Por Jarol Ferreira Acosta
Intentando adolorido incorporarse, me señaló un libro que estaba sobre la mesa del comedor; visible desde la puerta de la habitación, amplia y sin cuadros ni figuritas sobre las paredes. Su hijo mayor había estado hace poco en Nueva York y de allá le había enviado el libro. Léete el primer párrafo- me dijo. El primer párrafo era sobre un enfermo terminal. Tal vez no sea el mejor regalo para un padre convaleciente- le dije. Seguro- me dijo, acomodándose hasta sentarse, usando unas almohadas como espaldar sobre la cabecera de la cama.
Me contó que había aprovechado el tiempo previo a la intervención quirúrgica a la que se sometió ojeando el libro, pero que después del quirófano ya no había querido leerlo más; la experiencia de la sala de recuperación post operatoria lo traumatizó. Sentir en carne real los sonidos de los monitores deteniéndose ante la disminución de la propia respiración, que debía exagerar para evitar bajar el umbral electrónico que accionaba ese angustiante sonido de muerte, lo atormentó al punto de hacerlo preferir ver televisión antes que leer el libro.






