PALABRAS DE VIDA ETERNA
Por: Marlon Javier Domínguez
Hoy es “Domingo de Ramos”. Iniciamos hoy la Semana Santa. Jesús va, con sus discípulos, caminando hacia Jerusalén. Van a celebrar, como era costumbre, la fiesta de la Pascua; pero esta Pascua será distinta, en ella va a ser inmolado el Cordero sin defecto ni mancha, Cristo será al mismo tiempo víctima y sacerdote en el altar de la cruz.
El pueblo, oprimido como se encontraba por el imperio romano, espera ansiosamente un salvador y recibe con euforia a Jesús que entra en la ciudad; sin embargo, el mesianismo de Jesús es distinto del que muchos en su tiempo concebían y esperaban, él no tomará las armas para derrocar al enemigo y expulsarlo del país, él morirá en la cruz para rescatar al género humano de la peor de las esclavitudes: el pecado. Y, aunque la gente le aclama “¡Bendito el reino que viene de nuestro padre David! ¡Hosanna! (danos la salvación)”, al tiempo que le reconocen como rey tendiendo sus mantos delante de él, “su Reino no es de este mundo”, él es un Rey distinto de todos los reyes de la tierra, él es un Rey humilde y pacífico que entra en Jerusalén montado en un asno.
Nosotros conocemos ahora que aquella entrada triunfal fue, para muchos, muy efímera, los ramos verdes se marchitaron pronto. El “Hosanna” entusiasta se transformó unos días después en un grito enfurecido: ¡Crucifícale! ¿Por qué tan brusca mudanza? ¿Por qué tanta inconsistencia? Para entender algo quizá tengamos que consultar nuestro propio corazón, a veces tan voluble, tan dispuesto a seguir al Señor cuando todo marcha bien, pero también tan dispuesto a negarle y a cambiarlo por los ídolos cuando no todo resulta según nuestro querer. Qué diferentes las voces, comenta san Bernardo, hoy: “bendito el que viene en nombre del Señor”, y mañana: “¡Fuera, fuera, crucifícale!” Ahora gritar ¡viva el rey! Y en pocos días afirmar “no tenemos más rey que el César”. ¡Qué diferentes son los ramos verdes y la cruz, las flores y las espinas! A quien antes tendían por alfombra los vestidos propios, de allí a poco le desnudarán de los suyos y echarán suerte sobre ellos; el mismo Señor que entró triunfante en Jerusalén pocos días más tarde, en esa misma ciudad, será clavado en una cruz.
San Andrés de Creta nos exhorta: “Corramos, pues, con el que se dirige con presteza a la Pasión e imitemos a los que salían a su encuentro. No para alfombrar el camino con ramos de olivo, tapices, mantos y ramas de palmera, sino para poner bajo sus pies nuestras propias personas, con un espíritu humilde, con un propósito sincero de ser cada día mejores, para que podamos así recibir la Palabra que viene a nosotros y dar cabida a Dios, a quien nadie puede contener”.
Entremos en este tiempo de gracia con profundo sentido de admiración frente al Misterio. Rechacemos la tentación de tomar la Semana Santa simplemente como una semana de vacaciones, un tiempo para recordar los últimos días de Jesús en la tierra, un espacio para mirar hacia atrás y hacer una evaluación de los personajes antiguos o una simple representación teatral de los hechos del año 33 de la era cristiana. Vayamos con Cristo al Calvario cargando con la propia cruz, dejemos en las manos del crucificado todo cuanto somos y tenemos. Él, que sabiéndolo todo, nos sigue amando, se ofrece en el madero para alcanzarnos la felicidad. ¡Se acerca la Pascua!-.






