Por: Raúl Bermúdez Márquez
Muy bien intencionado el editorial de ayer de EL PILÓN sobre la Universidad Popular del Cesar, pero en mi humilde opinión es se quedó corto. Rehuyó poner el dedo en la llaga, tal vez por no disponer aún de la información suficiente que, con la gran capacidad analítica que posee su director, le hubiese permitido hacerlo. Porque aquí no se trata sólo de reconocer la olla de presión a punto de estallar en que se ha convertido el claustro –como bien lo ilustró Safady en su caricatura del miércoles pasado-, sino de ahondar en las causas que han provocado tan lamentable situación.
“El ambiente de armonía” que el editorialista es consciente de que es necesario exista en la UPC sólo retornará si se actúa sobre los factores que lo hacen imposible. Porque para pensar, planificar, actuar, evaluar y retroalimentar se necesita un clima organizacional que posibilite desarrollar con garantía de éxito esos pasos fundamentales de todo proceso administrativo. Y ese clima es precisamente el que el actual rector, Raúl Maya, con su actitud camorrera, prepotente y disociadora se encargó de desbaratar desde los comienzos mismos de su nombramiento ilegal. Echó por la borda, lo más preciado que pueden tener las organizaciones en su desarrollo que es la confianza y el respeto mutuo. Exactamente el 16 de septiembre de 2010 en mi columna habitual señalaba: “Se pudo estar en desacuerdo con muchas de las decisiones académicas y administrativas del anterior rector en propiedad, José Guillermo Botero Cotes, pero lo que hay que reconocer es que durante su gestión la situación de derechos humanos en la UPC siguió el rumbo que se trazó desde el 1 de julio de 2004, cuando este columnista fue encargado por ocho meses de la rectoría: respeto por la opinión ajena y garantías para que la libre expresión fuera el faro que iluminara el diario acontecer de la institución universitaria”. Eso se acabó en la UPC.
Desde su posesión el rector Maya se hizo tristemente célebre por sus frases amenazantes: “soy capaz de dar leche, pero plomo también”, “no soy traqueto, pero tengo muchos amigos traquetos”, “que conste que vine sólo y desarmado”, etc., etc. Y lo peor, por el señalamiento irresponsable de miembros de la comunidad universitaria bajo el rótulo de “guerrilleros”, “terroristas”, “pertenecientes a fuerzas oscuras”, etc. etc. Resultado: deserción de muchos dirigentes estudiantiles que sentían que el rector les había puesto la lápida en el pecho, profesores, egresados y hasta miembros del Consejo Superior amenazados y las denuncias y declaraciones tendenciosas en los órganos de control y de justicia se convierten hoy en el pan de cada día. A la par de eso, -incluso después del Fallo del Consejo de Estado que anuló su nombramiento-, no desperdicia oportunidad en los medios para victimizarse en función de sus “investigaciones exhaustivas” que supuestamente buscan “destapar las ollas podridas” y “desterrar las mafias que estaban apoderadas de la UPC”: Lo curioso del caso, de un lado, es que en calidad de Decano de Face y de rector asignado en incontables oportunidades, fue una pieza vital de lo que hoy denomina la “olla podrida”. Del otro lado, la UPC en el Índice de Transparencia Nacional del año 2010 se fue al fondo de la tabla, superando sólo por escaso margen al Senado de la República, como institución de alto riesgo en materia de transparencia.
En medio de ese maremágnum, la UPC perdió el rumbo, porque los aspectos misionales, docencia, investigación y extensión fueron enviados a dormir el sueño de los justos en un incómodo cuarto de San Alejo. En lo que sí coincido con el editorialista es que la comunidad upecista al unísono debe rechazar, por principio, toda expresión de violencia, -incluyendo la verbal- viniere de donde viniere. Esto, como requisito previo para “contribuir, también, al desarrollo económico, social y cultural de esta zona del país”. A ello le hemos apostado siempre y en las actuales circunstancias, en medio de las dificultades, le seguimos apostando.
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