Palabras de Juan Carlos Quintero C
Al celebrar 100 años del nacimiento de Clemente Quintero Araujo, nuestra familia, sus allegados, descendientes y el pueblo vallenato, representado por su alcalde, han exaltado su trayectoria y el amor por su tierra.
En la casa grande de Eloy Quintero Baute, bajo la protección de Isabel Araujo, crecieron Emelina, Clemente, Eloy, Claudio, Efraín y Carmelo. Su padre fue nombrado Eloy, por el viejo coronel Clemente Quintero Oñate, de las huestes de Uribe Uribe, para enaltecer la lucha progresista de Eloy Alfaro, líder radical del Ecuador. Ese legado político y social siempre lo siguieron ellos y hace de ineludible responsabilidad a sus descendientes.
Era una casa de trabajo campesino, de limitaciones materiales, en un terruño aislado, de escasas familias y de pobre educación; solo Clemente, el mayor, tuvo la fortuna de ir a la universidad. En Valledupar entonces no había colegio de bachillerato siquiera y fue al colegio Pinillos de Mompox, al Liceo Celedón de Santa Marta y a la Universidad Libre, en Bogotá.
Algunas calles recorrían el pueblo, y los primeros vehículos se tropezaban con caballos y mulas; su aislamiento creó unas amistades especiales y unos amores determinantes. Por supuesto, con el odio y el amor envueltos en el pañuelo en el que se enjugaban las lágrimas por el amigo familiar, caído por la muerte o subido por el éxito.
El mundo de la provincia colombiana, y en especial de la Costa, que nutrió una vasta cultura, de amores contrariados, cosas insólitas y guerras inútiles, todas alrededor de la Casa. Ese nombre, la casa, que, como nos cuenta Eligio García Márquez, durante 40 años hilvanando historias en la cabeza de su hermano, llevó por nombre ‘Cien años de Soledad’, hasta su publicación final en 1967.
Un intelectual aguerrido
Nuestro padre fue altivo, hablaba, escribía asiduamente, haciendo públicas sus intervenciones en los medios de comunicación, se excedía en ocasiones, no lo dudemos, en los tiempos en que aún la violencia no laceraba con su agresión mutilante a quienes protestaban o insultaban porque las cosas del gobierno y la comunidad se salían de madre; la misma pasión que su prima Consuelo Araújo primaba en sus peleas.
Recuerdo, muy niño, esas discusiones con Crispín Villazón o con José Antonio Murgas, la mirada de Hernando Molina, el estrepito liberal de Hernando Morón y Julio Muñoz, a veces interrumpidas por el ingreso al patio de Andrés Becerra, tarareando a José Alfredo Jiménez, y Jaime Molina que – acompañado de Escalona- empezaba a declamar sobre un viaje imaginario con el doctor Maya donde conoció “a una bella rubia cuya cabellera, a manera de cascada de oro, caía sobre sus hombros ataviados por atrevido escote “. De pronto, interrumpíamos porque en la radio desde El Cañahuate discurseaba Aníbal Martínez, bajo el sopor del mediodía refrescado por las cajas de cerveza regalada que Álvaro Cepeda Samudio le enviaba de la cervecería de Barranquilla.
Más tarde venía Rafael María Lacouture, desde Codazzi, a buscar su consejo para un negocio de un cultivo de pimienta, igual Lucho Murgas, Jorge Dangond, Uldarico Serrano o su compadre Amador Ovalle, mi padrino.
Tantos amigos se me olvidan, excúsenme; otros porque no los conocí pues soy el menor de sus hijos. Siempre recordaba a Oscar Pupo Martínez o al cachaco Rigoberto Benavides, aquel personaje que inspiró a Escalona cuando compuso ‘Las arrugas’ y que se transformó en Pietro Crespi en la pluma de Macondo. Sus inicios laborales en Bogotá y su comunicación epistolar con Juancho Castro Monsalvo y sus primeros litigios junto a Ovidio Palmera.
Su arma: la palabra
Su vida estuvo al servicio de los valores y reglas más sublimes del ser humano y de su entorno. Su arma, la palabra. Se ha dicho que a él lo perdió la Costa, tal vez el país, pero lo ganó Valledupar y su región. Los gobiernos eran más vistos, los funcionarios evaluados y las metas de progreso social y económico puestos de presente para impulsar una nueva institucionalidad, un nuevo departamento, que ha sido el Cesar; un proyecto agrícola, que tuvo su auge algodonero en los años 70 y una oportunidad siempre abierta del aprovechamiento de la frontera comercial con Venezuela, en esas tareas Clemente Quintero puso su espíritu y su coraje.
No tuvo el tiempo de ver o impulsar ese otro renglón presente, el de la minería, en el Departamento. Fue en sus últimos años, antes de morir el 11 de marzo de 1983, un seguidor del montaje de El Cerrejón, al lado de su finca de Cuestecitas; quiso a la hoy Guajira, de Riohacha para acá, pues siempre la sintió desmembrada injustamente del Viejo Magdalena y la sentía propia y vallenata. Quiero aprovechar para transcribir parte de una carta que envía a su hermano Eloy Enrique el 24 de abril de 1939 invitándolo a la colaboración con un nuevo periódico en su afán de crear y divulgar nuevas ideas:
… Hemos reunido muchos magdalenenses con el fin de fundar un periódico (…) este periódico será repartido gratuitamente en todo el departamento por medio de agentes en las cabeceras de los municipios y corregimientos, para ello esperamos contar con que todos los jóvenes coadyuven a esta labor sin remuneración alguna (…) solo exigimos que dichos agentes sean personas amigas de las ideas de avanzada y se preocupen porque el periódico llegue a todos los lugares.
El periódico, aunque en principio no lleva un carácter partidista, será llanamente en lo futuro un periódico de combate. Ese órgano no solo será para nosotros, sino para los liberales magdalenenses que quieran estudiar cualquier aspecto social, económico o político de su región; tendrá sus corresponsales, los cuales suministraran bajo su responsabilidad informes sobre la situación fiscal, económica política de su municipio. Se financiará con bonos y avisos, los cuales se colocarán en el departamento y en esta ciudad (Bogotá); aquí nos han ofrecido recibirnos cerca de 15 a 20 de $10, en cuanto a los avisos será factible que casas serias dada las características del periódico nos den sus avisos”.
Un ser contradictorio
Mi padre fue un ser paradójico y a veces contradictorio: era emprendedor en los negocios; visionario: algodonero, arrocero, cafetero, pequeño industrial del ladrillo hace 70 años y fue dirigente político; pero nunca mezclaba los mundos; fue político sin ambiciones; dirigente gremial, amante de comidas y licores; desprendido del dinero, mal administrador privado, pero consejero de ricos provincianos.
Detrás de si había una persona afectuosa, melancólica y un nerudiano poeta frustrado; alumno y amigo de Gaitán y – al tiempo- oficialista liberal; seguidor de Carlos Lleras, amigo de los amigos de Lleras, aunque también amigo personal de López Michelsen. López encabezaba el MRL, la disidencia rebelde, y en el gobierno de Lleras se planteó la unión: propuso a Lleras que nombrara a López Gobernador del Cesar y Lleras le dijo: “Clemente, usted cree que él va a cambiar su estatura nacional y su buena vida internacional por irse a Valledupar” y a López le insistió en que aceptara: “Clemente, – le respondió- usted cree que Lleras me va a nombrar a mi?”. Alfonso López fue nombrado y aceptó ser el primer gobernador del recién creado departamento.
Es un honor haber precedido, en este evento a Enrique Peñalosa, un transformador social, del mundo urbano de hoy, de la vida de niños, jóvenes y mayores bajo la egida de la vocación de igualdad que recibió de su padre, que correspondió con estudios superiores y la mejor comprensión de la densa vida de las densas ciudades; ciudades convertidas hoy en nuestras casas y con el anhelo remoto de que sean entrañables y amables como antaño.
Mi madre Mariaelena Castro fue un soporte en todo sentido y en todos los frentes, este homenaje es para ella, hoy aquí. Para la tía que sobrevive a sus hermanos, Emelina, que cohesionó esa Casa averiada por la desaparición prematura de Isabel Araújo en 1939.
En nombre de María Clara, Jorge Eliécer, Hernando, Arturo y en el mío, junto a toda la familia, gracias al señor alcalde de Valledupar, Fredys Socarrás, especialmente; a viejos amigos aquí presentes, amigas y amigos, a sus amados Valledupar y Cesar, gracias, muchas gracias.






