Por: Enrique Cabas Pumarejo
Yace yerto en ese ataúd, “Milciades Rodolfo Cabas Pumarejo” nuestro coloquial y cariñosamente llamado “RODO”, mi hermano, nuestro familiar, el amigo de todos.
La muerte sorprende, y en este caso me parece que el periplo existencial de Rodo ha sido muy corto, 68 años, época en la cual según los médicos genetistas se desarrolla plenamente la pujanza de la madurez, me sorprende igualmente hacer en este momento estas cuartillas para referirme a su muerte.
Cuando ocurre la muerte de un familiar, del compadre, del amigo o de un allegado, existe la clásica concepción, como es natural, del reconocimiento a buenos calificativos, sus obras, su condición y sus atributos.
En esta ocasión tratándose de la muerte de mi hermano, me obliga ello a apartar la modestia a un lado, pero el estado anímico y la consternación que me embarga no me permiten extenderme demasiado, sin subestimar desde luego las innatas y excelentes condiciones de hombre de bien que le asistían a Rodo.
Debo en primer término anotar que se murió un hombre bueno, se murió el hombre bondadoso, se murió el hombre que practicaba de manera natural la sencillez, la atención y la amistad, en su esencia pura. Su manera de ser y su condición le permitió demostrar ser un hombre desprendido de la riqueza material, las humildes y espontáneas atenciones que en su casa brindaba a familiares y amigos lo agigantaban y engrandecía su clase y su espíritu.
A Rodo le encantaba utilizar términos que encarnan la palabra nobleza porque el si que la tenía y de hecho así fue su comportamiento con su mujer, sus hijos y sus nietos.
Tenía la inquietud de escribir y cuando lo hacia plasmaba en sus escritos, de peculiar identidad, la crítica mordaz y la concepción de lo insensato, de lo injusto criticaba la corrupción en todos sus ordenes, le causaba repulsión todo lo mal hecho y en ningún momento le faltaba la entereza para refutarlo.
Amaba el folclor de su tierra, en toda su extensión, y lo defendía con conocimiento de causa; era tan ortodoxo en ello que no admitía las distintas facetas que hoy en día modifican la esencia y la cadencia musical del vallenato.
Tal como lo anoté en la muerte de mi mamá a Rodo por sus virtudes también tenemos que admitirlo y considerarlo como un punto de referencia entre la tierra y el cielo, su familia, sus amigos, pero especialmente sus 12 hermanos lo recordaremos como se recuerda permanentemente el dulce y neurálgico palpitar del corazón.
Doy las gracias de manera muy especial, en nombre de la familia Cabas Pumarejo y en el mío propio, a todos los familiares y amigos que nos acompañan, haber contado con su presencia, sentir la expresión de amistad y solidaridad para con la familia, pero especialmente con Rodo, que – sin lugar a dudas- vivirá siempre en nuestros corazones.

